ATOX

 

 

...Monté mi caballo y partí hacia el este, como había dicho el escocés, en busca del lugar donde las tierras eran fértiles. Partí en busca del Firth of Moray, que da al mar, mar que tanto echaba de menos, y al que no estaba seguro de volver a ver jamás, aunque tan solo nos separaran cuatro horas de camino a caballo. La noche se nos echaba encima a mí y a mi montura, el camino se difuminaba entre sombras y cansancio, y mi estómago rugía como nunca lo había hecho. Mataría por un pedazo de carne, o en su defecto por algo de whisky, pero la última botella se la di a Nagaropi, que buena cuenta dio de ella. A falta de alimento que llevarme a la boca, y de alcohol que engañase al estómago, opté por arroparme en mi capa de terciopelo, ya roída por las noches a la intemperie tras el abandono de Cameliard, y así tratar de pasar el menor frío posible. Soñaba despierto con el fuego de una hoguera, con el cálido abrazo de palabras amables, de rostros conocidos, con un cómodo lecho que acogiera mi cuerpo cansado... y fue en algún punto de estas meditaciones cuando un ser corpulento me salió al paso, como si surgiera de la nada, y trató de derribarme del caballo. Estaba oscuro, pero me pareció que aquel hombre debía medir cerca de dos metros, sino más.

Tristemente armado con una azada, arremetió contra mí, obligándome a saltar de mi caballo para no ir a parar al suelo. Y una vez en tierra, separado de él lo suficiente como para reaccionar, pude desenvainar mi espada y detener su siguiente ataque, parando la azada a escasos centímetros de mi cabeza. Adiviné entontes su intención de dividirme el cráneo en dos, como si de una vulgar sandía se tratase, pero su sorpresa fue mi salvación, y aprovechando con maestría el efecto producido por mi inesperada acción, logré desenvainar la daga oculta en mi cinto, y atravesarle el estómago con ella, pasando a ser su rostro un recuerdo más de mi colección de miradas de desesperación, al verse de cara a la muerte sin tan siquiera saber cómo.

Blasfemé al sentir el cálido borboteo de su sangre sobre mis manos desnudas, blasfemé por mi falta de tacto a la hora de cortarle el cuello para que la muerte se lo llevara lo antes posible, blasfemé al no encontrar entre sus ropas ni una sola moneda que pudiera valerme, blasfemé cien veces más por el retraso, y doscientas por el esfuerzo realizado, y una vez me hube quedado satisfecho proseguí mi viaje, espoleando con impaciencia mi caballo, para así recuperar el tiempo perdido en el imprevisto, con tan mala fortuna que mi montura se tropezó en una roca saliente en el camino y se torció la pata derecha delantera... Vi sus ojos suplicantes, rogándome que no lo hiciera, a pesar del dolor que le embargaba, a pesar de la sangre que manaba de su herida, pero es lo que hay que hacer en estos casos, y él lo sabía, desconozco cómo, pero sabía lo que tenía que hacer con él... Amigo mío, te echaré de menos, nunca te olvidaré... Maté a mi caballo cortándole una vena del cuello. Fue rápido, a penas si lo sintió.

Estaba ya oscuro, una fina lluvia caía de lado, y cada vez hacía más y más frío. El cielo estaba nublado, y al caer al suelo con el caballo había perdido el norte. No podía divisar las estrellas, estaba perdido. Tenía que encontrar la calzada que comunica las dos ciudades, Inverness al sur, y Dornoch al norte, tenía que hallar como fuera el bosque del que el escocés había hablado, allí estaría a salvo y podría descansar... Comencé a caminar, con mis pocas pertenecias echadas a la espalda, tratando de orientarme en medio de aquella nada. Me pareció que habían pasado horas, que había caminado cientos de kilómetros, cuando vi una sombra a lo lejos. Podía ser una piedra, o quizás algún otro agresor, otras tres sombras se movían alrededor de aquella primera inerte. Me acerqué silencioso, pero raudo, para ver de qué se trataba, fue entonces cuando hube de contener la respiración, y mi corazón se revolucionó en exceso. ¡Era mi caballo muerto y tres hombres dando cuenta de él! La ira me cegó.

Cierto es que se trataba de un animal muerto que daría de comer a una familia, cierto es que en estas tierras cada uno se alimenta de lo que puede, cierto es que abandoné el cadáver de aquel caballo a su suerte y que, por el mero hecho de hacer eso había dejado de pertenecerme, pero ese caballo había sido algo especial para mí, y verlo convertido en alimento para aquellos hombres me revolvió el estómago, me enfureció de tal forma, que salté hacia donde estaban, espada en la mano, presto a espantarlos del lugar... Pero me hicieron frente. Armados con rudimentarios cuchillos, y algunos palos, salieron en pos de defender su comida, aun con su propia vida, si fuera necesario... y su vida les fue en ello.

Deshacerme de los dos primeros no me ocasionó mayores problemas, fue el tercero el que, desesperado por el botín, y tal vez por la muerte de sus dos compañeros, logró alcanzarme con el cuchillo y asestarme una puñalada en el abdomen. Por suerte, mi habilidad para el cuerpo a cuerpo me permitió hacerme con el control de la situación, y aun herido, recuperé el control de la situación, y pude darle muerte, tras varios intentos fallidos por su parte de rematar la tarea. Arrastré tirando de las bridas mi caballo... Sí, lo arrastré, tiré de él muchos metros, pero era una idea estúpida, una empresa inútil, sí que opté por volver a abandonarlo... esta vez para siempre. De nuevo emprendí la marcha a donde quiera que me llevasen mis pasos, cada vez se me hacía más pesado el camino, cada vez me encontraba más cansado, el viento me golpeaba con violencia, y la herida que aquel hombre me había hecho no dejaba de sangrar.

Comencé a caminar más despacio, pronto comprendí que no caminaba, sino que arrastraba los pies con desgana... en algún instante caí al suelo, en medio de la ventisca, en el centro geométrico exacto de ninguna parte, y perdí el conocimiento. Desperté dos días más tarde en un lecho de paja, en la cabaña de unos montañeses, con un terrible dolor de cabeza, y la piel tirante del lado derecho del abdomen, donde estaba la herida. Era de día, y me moría de hambre. Una mujer, debía ser la esposa del hombre que me rescató de una muerte segura, me cambió las vendas de la herida, y me proporcionó algo de alimento. Cuando su esposo regresó me explicó que me había encontrado tirado en el suelo, febril y temblando, y delirando en un idioma que él desconocía (probablemente francés). Me llevó a su choza, donde me curaron como pudieron y me mantuvieron con vida. Le expliqué todo lo sucedido desde que abandoné Cameliard, y él me contó los rumores acerca de una gran expedición de gentes de todo tipo, que se habían asentado a orillas del Loch Kilmanag, varias leguas al este de donde estaba. Tras comer algo, cuya procedencia preferí no preguntar, partí de inmediato en busca de la nueva ciudad, partí en busca de mi gente... Atox el Sablador

Atox el Pirata

Lo confieso. Soy culpable. Yo maté a mi hermano. No tengo perdón de Dios ni del Diablo, merezco la muerte... pero por más que la busco no la encuentro. Esta mañana me he visto de nuevo entre la espada y la pared en una taberna del puerto, con un mosquete apuntándome al pecho, y un gatillo que no vacilaba ante la presencia del hombre desarmado que agarraba el frío cañón, al igual que el náufrago se abraza al madero como última esperanza. Una vez más no pudo ser, una vez más salí ileso de la reyerta, pero las palabras de mi verdugo provocaron más dolor que el que la pólvora podría haberme ocasionado:

“No hay mayor castigo que dejar vivir a aquel que a la muerte busca.”

Y dio media vuelta dejándome vivo, llevándose mi madero, me desterró solo a la deriva de la supervivencia una vez más. Me senté en una mesa apartada, oculto y seguro en la intimidad que las sombras me proporcionaban, y el alcohol de la botella me estrechó entre sus brazos, como cada día, como cada hora... ¿Por qué no me suicido? Quizás porque me falta el valor de la convicción, o porque después de todo me aferro a al sufrimiento como único pago por mi afrenta. Soy un hombre sin honor que ha injuriado el nombre de su familia y el suyo propio, nombre que escondo bajo un seudónimo pues no soy digno de pronunciarlo. No lo sé. De alguna manera siempre escapo a la horca, a la soga, a la pólvora o al filo de la espada que me amenaza, tal vez mi ángel de la guarda me depare otro destino, u otro final, más indigno.

Os relataré mi historia, si me lo permitís, pues no hace aun media hora que subí, ebrio por completo, a la habitación en la que me hospedo, encontrando a la puerta de la misma un billete sin remite, depositado con sumo cuidado en el suelo, donde pudiera ser visto con facilidad aun a través de mis ojos tintados de whisky, en el cual se me reta en duelo de caballeros, imprescindible confirmar asistencia bajo pena deshonor si se llegara a eludir el compromiso no acudiendo a la cita, dentro de algunas horas. En semejantes circunstancias no hay dolor que no pueda ser compartido. Firmé el reto y lo dejé en el mismo lugar en que lo encontré, pues no tardaría mucho en regresar aquel que lo trajo para asegurarse de que estoy enterado y certificar con mi firma mi conformidad con lo expuesto en el billete. Lo mismo no voy, ya veremos. Y ahora, remontémonos algunos años atrás, viajemos al pasado para ver cómo empezó todo, como llegué a ser lo que soy, cómo el destino se divierte a mi costa.

Dejad que os hable, hoy seréis mis confidentes... “Mi nombre es Atox D’Anyiem de Xiam e Vailliairs, hijo del conde de Anyiem, también legítimo gobernador del principado de Xiam e Vailliairs, al sur de Francia; un pequeño pueblo de no más de un millar de habitantes. Nací en la bulliciosa ciudad de París en el año de Nuestro Señor de 1435, fui el primogénito de seis hermanos y dos hermanas, y como miembro de la alta nobleza, fui bautizado en la iglesia de Saint Germaine. Vivía en la misma capital del reino, donde fui educado según las costumbres en el arte de la esgrima, las letras, y la danza, y criado en el calor del mayor lujo posible. Así debería haber proseguido, hasta que alcanzara la edad necesaria para pasar a hacerme cargo de los títulos de mi padre, el de conde, gobernador, y capitán de uno de los ejércitos de su Majestad el Rey de Francia, que por herencia me correspondían, de no ser por mi carácter egocéntrico y caprichoso, propio de un niño mimado, que hizo que me enamorara de la prometida de uno de mis hermanos pequeños.

Contaba yo por entonces con dieciséis años. Tan loco de amor creía estar, que la sola idea de verla desposada con mi hermano me provocaba náuseas, de esta manera reté a mi hermano en duelo y lo asesiné sin piedad tras el Convento de los Carmelitas una fría noche de noviembre. Habiéndose enterado mi padre de lo ocurrido, con gran pesar en su alma por el hijo perdido, y no queriendo que tal crimen llegara a oídos del rey y me fuera aplicado el castigo de la pena de muerte, optó por encerrarme como marino en uno de sus barcos, para mi deshonra, despojándome de todos mis derechos hereditarios así como de mis apellidos, borrándome por completo de su memoria y de la historia de mi familia.

Llevando ya cerca de tres meses pudriéndome en alta mar, nuestro barco fue abordado por los piratas, cerca del Adriático, y toda la tripulación excepto tres muchachos y yo, fue asesinada. Nos dejaron vivos a los cuatro más jóvenes, para someternos a las más perversas burlas, vejaciones, y finalmente divertirse matándonos... No sé cómo escapé de todo aquello, quizás fue mi arrogancia, o tal vez mi habilidad con el sable, la que me libró haciendo que el capitán del barco se fijara en mí, tomando la decisión de adoptarme para instruirme en el mundo del mar y de la piratería, y así ocupar su lugar algún día. Fueron mis hazañas las que me dieron el apodo de Sablador, y mi nombre comenzó a extenderse de un lado a otro del Mediterráneo, hasta que alcancé el grado de conocimientos de un capitán y fleté mi propio barco.

El nombre de Atox el Sablador se propagaba más rápido que la viruela, y muchos eran los que trataban de hacerme preso y cobrar el precio que se pedía por mi cabeza, pero nadie logró hacerle frente a mi espada, ni alcanzar en velocidad a mi barco: El Azote Olvidado, nombre que puse a mi velero en honor a las intenciones de mi padre de borrar mi recuerdo como si nunca hubiese nacido. Pero a pesar de todo no era feliz, no podía olvidar lo que hice, y por más que buscaba la muerte, no venía... Fui mal herido en varias ocasiones, capturado y encerrado otras tantas, y de todos los percances salía victorioso. Por mi habilidad con la espada, por mi educación de noble de alta alcurnia, por mi arrogancia, por mi sarcasmo, por mi carácter exigente, cada vez que amarraba en algún puerto, era deseado por sus mujeres, odiado por sus maridos, y admirado por sus hijos. Historias sobre mi eran inventadas a diario, sobre mi pasado, que era completamente desconocido, sobre mis aventuras, exageradas hasta la saciedad, sobre mi procedencia, que incluso llegaron a decir que era hijo del dios Neptuno...

Mas no era feliz, no había paz para el condenado. Una noche de borrachera sin fin, celebrando un nuevo abordaje en mares lejanos de los habituales, mi tripulación y yo fuimos sorprendidos por una fuerte tempestad, y mi Azote Olvidado se fue a pique en cuestión de minutos. Ignoro lo que ocurrió con todos aquellos marinos, pues no volví a saber de ellos, por mi parte, de nuevo la suerte abrazarme y acurrucar mi rostro en su pecho. Nadé a la deriva, náufrago, sin saber donde estaba, hasta que el agotamiento no me dejó más que dejarme llevar. Llegué a unos acantilados para mí desconocidos, y en algún momento de esos días, que se me hicieron eternos, perdí el conocimiento, despertándome en una playa desierta bajo las suaves caricias de una fina lluvia. Vagué por aquel lugar, tiempo después me enteré de que estaba en Escocia, durante algunos meses, robando de aquí, haciendo trabajos por allá, hasta que decidí asentarme, cerca del mar, del que ya no era capaz de alejarme, y montar una pequeña taberna para marineros, tugurio que no tardaría en llenarse de asesinos, piratas, ladrones, proscritos... en definitiva, gentes de mi calaña.

El negocio tenía éxito, aunque nunca estuve falto de dinero, ya que los botines que había hecho durante mi estancia en alta mar como corsario, asesino, pirata o contrabandista, me habían ido llegando en pequeños envíos, desde los distintos lugares donde los había escondido, y de mano de las distintas personas en cuya mano los había dejado a cambio de una compensación monetaria bastante generosa. Siempre pensé que el dinero hacía amigos... qué equivocado estaba. Fue en este lugar, en esta taberna, donde el Destino quiso que conociera a una pequeña niña, un dulce ángel, que me mostró lugares de ensueño, parajes que jamás habría llegado a imaginar de no ser por ella. Fue esta petit mademoiselle, a quien no le importó quién fuera, de donde viniera, ni a qué me dedicara, la que se convirtió en mi primer amigo de verdad desde que fuera bautizado en la iglesia de Saint Germaine, en la bulliciosa ciudad de París, donde nací.

Mi petite mademoiselle, Adhara1: Mi historia es lo que me pedisteis... esto es lo que os ofrezco.

Después de tantos años encuentro la fuerza de escribirla en vuestra inocente sonrisa, en vuestra humilde mirada... Perdonadme por mis crímenes.

Vuestro humilde servidor:

Atox D‘Anyiem de Xiam e Vailliairs

Quit necavit equitem?

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