Tres piedras en la Catedral dolménica.

De "El Enigma de la Mesa de Salomón.

Donde ahora se alza la Catedral de Jaén existió, en los tiempos del matriarcado, un santuario donde se rendía culto a la Diosa Madre en su triple advocación.

Los hallazgos arqueológicos de la región corroboran la gran importancia que este santuario tuvo desde épocas remotas y la continuidad del culto a la Diosa Madre en aquel lugar. Bástenos citar la va mencionada venus de Torredelcampo o la de Otíñar o la Astarté de Cástulo.

Los peregrinos y devotos, algunos de ellos llegados de lejanas tierras tras afrontar fatigas y peligros, accedían al santuario por tres entradas diferentes. El peregrino escogía una u otra según el aspecto de la divinidad que convenía a su devoción particular o a su fratría, hermandad o clan.

El santuario era un gran dolmen rodeado de otros dólmenes votivos de menor entidad.

¿Por qué un dolmen?

El dolmen es la imagen de la caverna.  Las cavernas son lugares sagrados, lugares donde, en palabras de Jung, «lo numinoso se produce o es acogido». El dolmen es la alegoría de la Diosa Madre. Quizá respondan «al intento de reproducir en el escenario y la escenografía de la procreación húmedos y angostos túneles de acceso a la celda uterina rematada por cúpula».

Dentro del Dolmen Sagrado, en su soterrada cavidad uterina, a la débil luz que se filtraba del exterior, se podía columbrar la forma imprecisa de tres grandes piedras esféricas que representaban a la Diosa.  También había un manantial que brotaba entre las piedras, en el centro mismo del dolmen. Es posible que el agua se derramase en tres regatos distintos que saldrían al exterior por los tres caminos de acceso. El camino del Toro era ascendente. El color de su fratría era el negro.  Los caminos de las fratrías blanca y roja eran descendentes.  Por todas partes en el exterior del dolmen, sobre el collado artificial que lo cubría, sobre los árboles sagrados, a lo largo de los caminos de acceso, sobre las chozas y sobre los cielos se pespunteaba la negrura azulada de miles y miles de golondrinas, grajos y vencejos, las aves sagradas de la Diosa Madre protegidas y alimentadas por los devotos y peregrinos. A estas aves se ofrecían los frutos de la tierra y unas tortas votivas hechas de harina cocida en las que se dibujaban los emblemas de las fratrías. Estas tortas de harina se adornaban a veces con un huevo. Esta tradición perdura aún hoy en Jaén. En la vigilia de Navidad es tradicional comer sopa de huevo. No olvidemos que la Navidad es, antes que cristiana, una festividad pagana., la del solsticio de invierno, correspondiente a las saturnales romanas, en las que se exaltaba la fecundidad.  En el Jaén medieval, un ilustre iniciado, el condestable Iranzo. organizaba en fechas señaladas combates rituales de huevos y los lunes de Pascua repartía hornazos al pueblo. Recordemos que el hornazo, tradicional aún hoy de la Pascua, se remonta a aquella torta con huevo del santuario dolménico. El huevo es símbolo universal de generación y de vida.  Esto explica que aparezcan huevos de distintas aves, incluida la exótica avestruz, en algunas tumbas de corredor de Jaén y la vecina Guardia.

Los peregrinos accedían al dolmen por la puerta de su fratría pero, en cualquier caso, el camino que luego recorrían era el mismo. Por tres veces habían de entrar y salir del dolmen. El dolmen constaba de ocho grandes monolitos verticales que servían de soportes a la impresionante techumbre: una gran losa horizontal.  Los ocho soportes habilitaban otros tantos huecos intermedios por los que una persona podía entrar o salir. Cada dos soportes señalaban una puerta de entrada iniciática. Los espacios siguientes, a uno y a otro lado, quedaban invalidados, pues una misma piedra no podía servir de dintel a dos puertas contiguas. Por lo tanto tres puertas ocupaban seis piedras. ¿Y las dos restantes? Las dos restantes constituían una cuarta puerta, pero ésta no era de entrada sino sólo de salida y era común para los peregrinos de cualquier fratría que hubiesen completado el recorrido iniciático en el interior del dolmen y hubiesen bebido agua de la fuente.

De este modo quedaba establecida la unidad fundamental de la Diosa a pesar de sus diversas advocaciones trinitarias. El peregrino accedía por la puerta de su fratría particular, pero luego había de entrar y salir por las puertas de las otras fratrías y su camino iniciático se confundía con los caminos de los miembros de las otras fratrías. Finalmente la puerta de los Iniciados, la cuarta, era común para todos. Todos eran hijos de la Diosa Madre y aquel acto los hermanaba.

La fratría del Negro tenía como símbolo el Toro; la del Rojo tenía como símbolo el Arco; la del Blanco tenía como símbolo el Agua.  Algunos vestigios de las ceremonias particulares de cada una de estas fratrías deben de haber perdurado en el folklore de la ciudad moderna.  Por ejemplo, en el Jaén medieval los ballesteros, descendientes de la fratría del Rojo, tenían por patrón a san Antón y celebraban la fiesta del santo haciendo grandes hogueras. El condestable Iranzo, uno de los iniciados de la lista de la Cava, quemaba cera en honor del santo. La hoguera simbolizaba a la fratría del Rojo. Además su origen matriarcal y agrícola queda de manifiesto en los buñuelos que se asocian a la fiesta de san Antón."

Pero regresemos al santuario y acompañemos a un peregrino de cualquier fratría.  Escogemos a uno de la del Negro.  Penetra en el dolmen por la puerta Negra y sale por la Blanca, vuelve a entrar por la puerta Roja y sale de nuevo por la Negra. A continuación penetra por la Blanca y pasa al centro del dolmen. Allí, entre los tres monolitos esféricos, está la fuente. Después de beber agua y cumplir sus ritos en el manantial sagrado, el peregrino sale por la cuarta puerta, la de los iniciados. En su recorrido ha descrito una curiosa figura geométrico: tres arcos de circunferencia que se cortan y forman, en su trayectoria por el interior del dolmen, un triángulo esférico.  Este triángulo encierra las tres piedras de la diosa y la fuente sagrada. Es un recorrido preciso que tiene relación con el laberinto iniciático de otros santuarios similares del mundo mediterráneo y con el Nudo de Salomón, ese enigmático emblema que marca todavía las portadas de algunas casas del barrio de la Magdalena.

El fundamento de este rito descansa en una forma de culto más arcaica que consistía en que el iniciado diera la vuelta a la Piedra sagrada para contemplarla en todas sus facetas. Artemidoro nos transmite el testimonio de un santuario en el que «se ven de trecho en trecho y de tres en tres o de cuatro en cuatro unas piedras a las que dan la vuelta los que se allegan al lugar siguiendo una costumbre propia del país».

Los que salían por la puerta de los iniciados recorrían un tramo serpenteante de poco más de un kilómetro de longitud, jalonado de piedras votivas, que los llevaba a un gran manantial «tan recio como el cuerpo de un buey», cuyas aguas brotaban impetuosamente del costado de la montaña, en medio de un bosque sagrado.

A lo largo de este camino se establecía una serie de estaciones cuyo sentido explicaban a los recién llegados las sacerdotisas y los bardos.  Había un altar de sacrificios, el Peñón de Uribe, donde, cada cierto tiempo, se inmolaba al Rey Sagrado. Después de cumplir una serie de ritos a lo largo de este camino, se accedía al manantial donde estaba el oráculo y allí se recibía la respuesta de la Diosa Madre, la dispensadora de fecundidad y bien.

Cuando los pastores patriarcales llegaron al santuario, expulsaron a las sacerdotisas del Dolmen Sagrado e intentaron desarraigar los cultos.  Pero todo fue en vano. Pasado un tiempo se llegó a una solución de compromiso. Volvieron las sacerdotisas y la religión matriarcal perduró bajo las nuevas formas del patriarcado. Pero los sucesivos colonizadores patriarcales -los pueblos históricos- no sólo aportaron divinidades solares. A veces ya llegaban influidos por los persistentes principios lunares, por las diferentes Diosas Madre del ámbito mediterráneo. Los romanos, por ejemplo, aportaron los cultos de Isis que tan sólo se superpusieron a los más antiguos de Tanit o Astarté llegados poco antes con fenicios y cartagineses.  El terreno estaba abonado.

Desde entonces han transcurrido milenios.  Las religiones patriarcales se han sucedido en aquel lugar. Han acabado por hacer suyo el santuario. Cultos solares de Iberia, el paganismo grecorromano, el primer Cristianismo, el Islam, el Cristianismo castellano de los conquistadores, han incidido sucesivamente erosionando y apagando los ritos matriarcales del Dolmen Sagrado. Pero a pesar de ello, la Diosa Madre se aferra tenazmente a su santuario.

 

Dólmenes v campanas.

 

Llamamos dolmen al monumento megalítico consistente en una losa horizontal sostenida por una serie de piedras verticales. La palabra es de origen bretón v significa «mesa». Su uso, que han extendido los arqueólogos, es bastante reciente.

Pero los dólmenes abundan en muchos lugares fuera de la Bretaña francesa. ¿Cómo llamaban a los dólmenes los campesinos de estos lugares?

A distintas regiones y a distintos idiomas corresponden distintas denominaciones: mesa, caja, tumba de gigante, horno, cueva e incluso campana.

En tierras de Jaén el dolmen recibía el nombre de campana. Es posible que el dolmen pareciera comparable a la sólida oquedad de la campana. En las aparentemente simples denominaciones que dan los campesinos al mundo de su entorno suele haber mucho sentido común. Quizá las primeras campanas les parecieran instrumentos destinados a emitir vibraciones mágicas. Desde luego estaban convencidos de que los dólmenes las emitían puesto que, efectivamente. se asociaban a las corrientes telúricas. El caso es que dólmenes y campanas fueron objetos cargados de significado religioso.

Si echamos mano de documentos medievales y tradiciones, la relación de identidad dolmen-campana se confirma. La imagen de la Virgen de la Cabeza, cuyo santuario en Andújar es el más famoso de Andalucía oriental, fue hallada en 1227 en la concavidad de dos peñas, junto a una campana. La campana es el dolmen, las dos peñas pueden ser las cabezas o monolitos esféricos que, con la propia Virgen completaban la tríada de Diosas Madre, según después veremos.

La otra gran Virgen del Jaén medieval, la de la Coronada, se encontró hacia 1270 bajo una campana extramuros de la Puerta de Martos." La Virgen del Collado, patrona de Santisteban del Puerto, se encontró también en el interior de una campana enterrada. La Virgen de Fuensanta de Martos se encontró en una «caxa de piedra» donde, según la tradición medieval, la habían enterrado los mozárabes en 894.  Una antigua calle del Jaén medieval, situada en el camino iniciático que iba del Dolmen Sagrado al manantial de la Malena, se llamaba campanas de Santiago unas veces y horno de Santiago otras.  Horno y campana son dos denominaciones del dolmen. Era lugar sagrado y allí se instituyó la Cofradía de Santiago de los Caballeros.  Volveremos sobre este lugar y sobre estas denominaciones. "Otra Virgen iniciática, la de la Consolación. se encontró en 1458 a dos kilómetros de Torredonjimeno, cerca de Jaén. en lo que sus primeros devotos describieron como una cueva.

Vemos pues que, según la tradición, las negras y diminutas imágenes medievales de la Virgen de esta tierra se descubren todas dentro de campanas o cajas o cuevas, es decir, de dólmenes.

 

Al lado de la Catedral de Jaén y por su costado norte discurre la calle de las Campanas, la calle de los dólmenes. En época medieval se abría en ella una monumental entrada a la ciudad llamada Puerta de Santa María, la puerta de la Virgen.

La Catedral descansa sobre el collado del Dolmen Sagrado. Antes de la llegada de curas y cabildos era ya un espacio sagrado. Lo había sido durante milenios. Nada tiene de extraño que en aquel lugar se establecieran sucesivamente un templo pagano, una mezquita musulmana y una catedral cristiana. Pero dómenes y santuarios abundan en la región. Son las ermitas de hoy. En algunos casos la insistente actividad constructora de los devotos ha acabado por destruir o modificar el antiguo dolmen y su espacio sagrado, pero otras veces esta relación se conserva.  Si hacemos una excursión a Río Cuchillo y buscamos el lugar donde fue ermitaño fray Juan de la Miseria, el animoso carmelita que pintó a santa Teresa, encontraremos un dolmen -ésa era su cueva- sobre el que luego se construyó una casa que ya se arruinó.

Pero son tantos los dólmenes, cuevas y peñas sagradas de esta región de ermitas que intentar mencionarlos todos sería cosa de nunca acabar.  Regresemos al Dolmen Sagrado. Hav una hipótesis fundamental que los datos que expondremos después corroboran: el dolmen de la catedral de Jaén fue el más importante santuario de la Diosa Madre en la región.

El apresurado turista que hoy llega a admirar la catedral, obra maestra de Andrés de Vandelvira, repara en seguida en que el templo ha sido ideado como santuario de una reliquia singular: el Santo Rostro. Se trata del lienzo con el que, según la tradición, una piadosa mujer, la Verónica, enjugó el rostro de Cristo cuando lo llevaban con la cruz a cuestas camino del Calvario. El rostro atormentado, manchado de sangre y de sudor de este Rey Sagrado quedó plasmado sobre el lienzo.

Cristo es un Rey Sagrado y la piadosa intervención de la mujer Verónica, más importante aún que el propio Cristo en el culto primitivo de este santuario, revela un compromiso entre la Diosa Madre titular y el nuevo Dios del Trueno que traen los conquistadores patriarcales. ¿Debe extrañarnos, pues, que el más venerado Cristo de San Francisco, junto a la catedral, fuese precisamente llamado «el Cristo del Trueno»?

 

Blanco, Negro, Rojo

 

En el coro de la Catedral de Jaén aparecían tres Vírgenes que sostenían tres piedras esféricas. En el camino de Damasco, donde Saulo recibía la revelación divina, había tres piedras esféricas. Luego en el santuario del Caño Santo, en la catedral de Jaén, hubo tres Vírgenes.

La Diosa Madre se adoraba en muchos lugares en forma de trinidad. Una trinidad que, al propio tiempo, era una e indivisible, al modo mágico de algunas religiones más tardías, incluida la cristiana.

La trinidad de la Diosa Madre se explicaba mejor considerando los tres aspectos de la Luna que constituye, como vimos, el primer símbolo universal del matriarcado y su fuente de inspiración primera.  Había una luna nueva que era el crecimiento, otra llena que recordaba el amor y la batalla y una tercera negra o vieja, la de la muerte y la adivinación.  A la primera se asimilaba el color blanco, a la segunda el rojo y a la tercera el negro. lo Éstos son los tres colores que la luna adopta en su deambular por el ciclo.

En sus asociaciones agrícolas la luna blanca era la cultivadora, la roja la segadora y la negra la aventadora." En su proyección femenina, la luna blanca es la doncella, la Primavera; la roja es la mujer, el Verano y la negra es la bruja, el Invierno.

El color de la vida era el de la sangre, el del amor y la batalla, es decir, el rojo." Por eso se teñían de rojo los cadáveres, para que prolongasen su vida en la de ultratumba. Éste era también el color del Rey Sagrado, el amante de la Diosa Madre destinado al sacrificios

En las antiguas lenguas ibéricas, rojo se decía gor. En vasco se dice gorri. El color sagrado de la vida pervive en muchos topónimos de raigambre ibérica: Calahorra, Ilíberis, por ejemplo.

No es casual que en los campos de Gor-gorafe , en el Guadiana Menor, se hayan encontrado tantos dólmenes. Todo está relacionado.  Tampoco es casual que el mítico rey que enseñó la agricultura a los pueblos ibéricos fuese Gargoris. Sería un Rey Sagrado o el Rey Sagrado por excelencia, en los lejanos días del matriarcado.

En los tiempos de Cáncer, (es decir, en la era heraclea del 8750 al 6600 antes de Cristo), Hércules, el héroe solar vino a Occidente, a España, en busca de manzanas del jardín de las Hespérides.

La manzana es el símbolo universal del conocimiento, de la iniciación.  Es la imagen evolucionada de la esfera de piedra.  En su camino Hércules pasó por Martos y dejó un santuario al pie de la peña. Así, como en Calpe, la montaña se hace betilo del héroe solar, su menhir sagrado, el monolito de su fundación.

Volvamos a las manzanas de las Hespérides. La historia es bien conocida:  Gea, la Tierra, dio las manzanas maravillosas a Hera como regalo de boda y encomendó su vigilancia a las tres Hespérides, hijas de Atlas y de la Estrella Vespertina. Las Hespérides vivían en el Océano Y eran de diferente color: blanca, roja y negra. Ya tenemos aquí los familiares colores dela luna.

Las Hespérides no son sino los tres aspectos de la Diosa Madre en cuyo jardín o espacio cultivado estaban las manzanas de oro símbolos del conocimiento, de la regla, de la fórmula del saber.  Llega Hércules y les arrebata sus secretos y todo ello ocurre en los tiempos del neolítico, de la revolución agrícola.  Por consiguiente aquellos míticos secretos eran, en su versión más antigua, los referentes a la agricultura.

Naturalmente los tres aspectos se la Diosa Madre se proyectarán en el Cristianismo en la forma de las tres Marías. “Los coptos incluso se atrevían a combinar las tres Marías, que eran espectadoras de la crucifixión en una sola persona con María Cleofás, la Virgen y María Magdalena." En Arlés (Provenza) sobrevive aun hoy el culto a la tríada de las Diosas. Los gitanos veneran a las «tres Marías del mar”, a las que a veces agregan Marta y Sara para formar un revelador quinteto." En la ermita de Piedras Santas, patrona de Pedrochee (Córodba), también se veneraba a tres Vírgenes. Son pervivencias del culto a las tres Marías que todavía era firme en el Jaén del siglo XVI, cuando una devota encargó ponerlas en su capilla itinerario.

En el Dolmen Sagrado había un santuario de la Diosa Madre en su triple aspecto. Cada color -blanco, rojo, negro- tenía su puerta Y su camino. Estas puertas sagradas perduraron, como veremos más adelante, cuando la Catedral vino a sustituir al dolmen.

El Negro era el color de la fratría del Toro, posiblemente el que llegó a ser más importante. La calle del Toro era precisamente la que en época medieval seguía el trazado que lleva hoy a la puerta del Perdón de la catedral. Es la actualmente llamada Calle del Obispo. "En un documento fechado en 1534 se menciona un lugar denominado «corral de los Toros» lindante con la casa del Deán frente a la actual Catedral .

La fratría del blanco dejó su recuerdo en el nombre de una torre de la vieja muralla musulmana, que se estableció cerca de la entrada correspondiente del Dolmen Sagrado. Se trata de la torre del Alcotán o torre del algodón.

Finalmente la fratría del rojo quedó conmemorada por la famosa puerta bermeja, que era la que comunicaba la Catedral con su claustro.

Más persistentes que la memoria de los hombres, más persistentes incluso que la misma piedra. las aves sagradas de la Diosa Madre vuelven cada primero de marzo a la catedral dolménica. Bandadas y bandadas de golondrinas, grajos y vencejos llegan al templo y lo invaden, se cuelan por sus desvanes y galerías altas, se refugian en las molduras barrocas de la fachada, arman sus nidos en cueros y galerías v remueven cada año la desesperación del cabildo que no sabe ya qué medidas tomar para que las negras aves abandonen la extraña querencia que parecen tenerle al templo. Lo han probado todo, desde terroríficos espantapájaros a cebos envenenados, pero el ciego instinto milenario hace que las aves de la Diosa persistan en su tozuda cita anual con el lugar del santuario.

Pero esto que ocurre en la catedral de Jaén no es excepcional ni único. Hace miles de años hubo otros santuarios de la Diosa Madre donde se daba el mismo fenómeno. Algunos de ellos incluso perduraron, disfrazados como éste, hasta hace poco tiempo. Por ejemplo el del Cabo de San Vicente. Estrabón lo denomina cabo Sagrado. También habla de él Artemidoro que lo visitó personalmente hacia el año 100 antes se Cristo. En aquel santuario el recinto dolménico sagrado contenía unas piedras sobre las que los devotos hacían libaciones de agua. En la época musulmana el antiguo santuario de la Diosa Madre se había transformado en un lugar de culto que era, asombra decirlo, monasterio cristiano y mezquita musulmana. No es que hubiera una mezquita al lado del monasterio. Es que monasterio y mezquita eran una misma cosa. El santuario estaba dedicado a san Vicente, pero es evidente que aquel curioso ejemplo de hermandad y fusión de dos creencias de ordinario enfrentadas a muerte, se basaba en un convencimiento muy anterior, a las creencias mismas y al propio san Vicente tutelar cuyas reliquias se veneraban allí. Como dice Hagerty, «en el monasterio-mezquita de san Vicente se encerraba el secreto mismo de al-Andalus».

Pues bien, en aquel santuario. que finalmente destruyeron los fanáticos almorávides, habitaba una bandada de cuervos que revoloteaban sin cesar por encima de la cúpula. Se decía que habían llegado a Valencia siguiendo a las reliquias del santo. En cualquier caso nunca se apartaron del lugar o de sus aledaños.

Este curioso fenómeno de los pájaros negros que parece haberse perdido en el cabo San Vicente, persiste hoy en el solar del Dolmen Sagrado jiennense.

Volvamos ahora la mirada a sus grajos y golondrinas. Antes las llamábamos «negras aves». Pero esto no es del todo cierto.  Aunque a los ojos poco avezados del moderno habitante de la urbe lo parezca, las aves no son exactamente negras. Observemos de cerca a una golondrina, que es la más sagrada de todas ella. El plumaje superior es negro, en efecto, pero tiene la garganta rojiza y la pechuga blanca.  Negro, rojo y blanco son los colores de la Diosa Madre que persisten en estas aves consagradas.

La golondrina es todavía sagrada en esta tierra. Su vuelo es un vuelo oracular. Si se acerca al suelo volando es que anuncia lluvia vivificante para la fecundidad de los campos. Un oráculo propio del matriarcado agrícola.

A las golondrinas no se las mata si uno quiere evitar la ira de la Diosa. La piadosa leyenda cristiana ha disfrazado la antigua prohibición inventándole un origen: las golondrinas quitaron con sus picos las espinas a Cristo crucificado. Por eso hay que respetarlas.

Nuevamente los paralelos mediterráneos son reveladores: en Grecia, «las grullas eran sagradas para la Luna, probablemente porque combinaban los colores lunares: el blanco, el rojo y el negro».

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