Selim y Batan llega a Jaén.

De "Guadalquivir".

En mayo, cuando los olivos y la vida echan su fruto y las abejas preparan su miel, Selim y Batán llegaron a Jaén.  Y Selim se detuvo en el alcor que llaman cerrete de los Lirios y esparció su húmeda mirada por el Zumel y las peñas de Castro y Jabalcuz y la alta alcazaba, la que parece tocar el cielo, y la ciudad extendida por todo el contorno del monte, con sus casas blancas y sus alminares dorados, bella como la rama verde, y se alegró hasta el colmo de la alegría y pronunció, con el corazón y con los labios, estas palabras que nunca el que las dice ha de abochornarse: «Sólo Alá es vencedor.» Con lo cual siguieron adelante, más animosamente caminando, y al entrar por las huertas del Poyo y de la Ribera, las de las dulces manzanas ácidas, blancas como la cera, el pecho se ensanchaba a la vista de las especies tempranas de frutas, ya maduras, así como las bayas de ojo de vaca, los albaricoques, las cerezas y los pepinos.

Y hete aquí que penetraron en la ciudad por la puerta del Aceituno y, dejando atrás el zoco de los perfumistas, que Selim encontró muy decaído, pues no era tiempo de lujos, se dirigieron derechamente, calle Maestra adelante, a la Alcantarilla, y no pararon de andar hasta llegar al palacio de los Nasr.  Y como habían entrado en la ciudad en el preciso instante en que los creyentes recogen sus mercaderías y cierran las tiendas para dirigirse a la mezquita mayor, para la oración del azr, Selim encontraba por el camino a muchos conocidos y notaba en ellos la huella que deja el paso de los años, los que a nadie perdonan, y ellos lo veían a él sin reconocerlo, pues ahora gastaba barba recortada, a la usanza magrebí, aunque algunos se le quedaban mirando porque su cara les sonaba.  Y también notó que alguna que otra mujer que él, cuando marchó, dejó niña, lisa de pecho y escurrida de caderas, se había hermoseado y empollinado en el tiempo de su ausencia de tal modo que al verla pensaba uno: ¡quién la pillara desnuda en la postura de la oración!  

 

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