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La Leyenda de Liadain y Curithir Relato de John Stuart Dick basado en el fragmento poético del siglo IX que aparece en “Comrac Liadaine Ocus Cirither” Página
I de IX En
el norte de Irlanda, hace mucho tiempo, hubo un muchacho que vivía en
una aldea de la ondulada tierra silvestre próxima al mar. Su nombre era Curithir y vivía con su padre, que se llamaba
Duborchu, y con su hermano menor Aelai. En el centro de la aldea se
perfilaba sobre el cielo un monasterio de piedra desgastada por el mar y
diseminadas a su alrededor se aferraban al suelo muchas pequeñas casas
que acusaban el paso de los años.
Una noche asomó reluciente la luna de entre las altas y delgadas
nubes. Tocaron las campanas
de la torre. Con la llegada
del claro de luna, las hermosas voces de los monjes que lo habitaban se
alzaron desde el monasterio como el humo de una chimenea entonando
conceptos divinos: Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum, Virgo
serena; que significa "Salve, Maria, llena
de gracia, el señor es contigo, Virgen serena".
En la costa, las olas seguían desplomándose sobre la playa,
filtrándose en la arena y barriendo las piedras al regresar al mar. En aquella aldea se
respiraba una gran paz. Las voces que ascendían y el romper de las olas eran sonidos
que Curithir había escuchado todas las noches de su vida tendido en su
lecho de paja. Aquella noche nada se movía en el pueblo a excepción de
un curioso perro alto y delgado, de color marrón y con dos patas
blancas, que iba trotando por un camino muy hollado que bordeaba el océano.
De repente se detuvo, adelantando 1 s orejas y dirigiendo su
aguda mirada hacia el mar. A
lo lejos había tres extraños barcos anclados con gruesas sogas
bajo el claro de luna y entre sus mástiles brillaban intermitentemente
las estrellas. El perro
ladró a los numerosos guerreros vikingos que se encaramaban a esquifes
de madera y remaban hacia la costa. Tras reunirse para formar un grupo,
los vikingos treparon las angulosas rocas y caminaron hacia la aldea
dormida, aferrando con fiereza sus pesadas armas para que no delatasen
si¡ presencia al entrechocar unas con otras. Se
lanzaron sobre la aldea dormida como una manada de toros furiosos.
Las carreras, los gritos y el choque de los aceros despertaron, a
Curithir en el preciso instante en que su padre llegaba apresurado del
exterior. "¡Huye
ahora mismo a esconderte en el bosque!", le gritó mientras tomaba
de la pared una espada y salía de nuevo.
Curithir se levantó enseguida y fue a despertar a su hermano.
Aelai, que dormía en el rincón opuesto.
Al hacerlo, un grito angustioso surcó el aire. Curithir miró a
su alrededor y vio a su padre arrastrándose hacia adentro valiéndose
tan sólo de los brazos y dejando tras de sí un largo reguero de
sangre. "Acércate
-le dijo Duborchu con el aliento tenido de sangre-. No temas a la muerte como los vikingos, sino
escucha".Tomó en sus manos una caja de madera y de ella extrajo un
pesado collar de oro. Era
un torq de los que usaban los guerreros en las batallas, un objeto
asombrosamente macizo, de tres dedos de grosor, con engarces de gemas de
colores y complejas incrustaciones de plata. "Este torq viene de
muy antiguo – dijo Duborchu - y los reyes lo buscan desde hace siglos. Como ya te habré contado
muchas veces, eres descendiente de Cu Chullain, el guerrero más
importante de Irlanda, que consiguió hacerse con la victoria el solo en
la guerra del Tain. Protege
este torq de Cu Chullain y protege a tu hermano".
Tras una pausa, y gracias a la gran fuerza que tenía, añadió:
"ahora vete y deja mi alma al cuidado de Dios". Por la mañana seguían
ardiendo muchos pequeños fuegos entre las humeantes ruinas.
Los vikingos zarparon y se perdieron de vista en el horizonte
septentrional llevándose veinte monjes como esclavos.
Habían destruido el monasterio y habían arrojado al mar las
sagradas escrituras y los evangelios.
Dos días después, Duborchu fue enterrado en una estrecha tumba
en un lugar en el que riñen las chovas de negro plumaje entre las altas
hierbas amarillas. Aunque permaneció de día y de noche junto a la
tumba, Curithir no lloró. Duborchu había criado él solo a Curithir y a Aelai, dándoles a conocer las hazañas del antiguo guerrero. Les había enseñado la hazaña de la jabalina y la cuerda, la del trueno, la del filo de la espada y otras muchas. Aunque a ambos les enseñó a ser valientes, era Curithir quien poseía dotes extraordinarias y lo aprendía todo con facilidad. Curithir llevaba la vida muy a flor de piel y hasta los animales salvajes percibían que su espíritu poseía una luz oculta que, al tornarse llama mediante un soplo, podría oscurecer las estrellas. |