|
La Leyenda de Liadain y Curithir Página II de IX Tras guardar treinta días
de luto, Curithir y Aelai partieron hacia los acantilados de Eorgh
montando a Iala, la yegua negra. Gráciles y delgados como dos medialunas, ambos cabalgaban
sobre el mismo animal Curithir retorció con una mano las crines de Iala,
gritó "¡arre!" Y la yegua galopó entre la hierba cimbreada
por el viento. Cabalgaron
ascendiendo en dirección este por encima de su aldea mientras el sol,
asomado entre nubes moteadas, proyectaba en el cielo una corona de luz
escarlata. Los campos en
barbecho se iluminaron adoptando el color de una corona envejecida y
ellos avanzaron cada vez más aprisa por los montes mientras la luz del
sol proyectaba desde un ángulo bajo su enorme sombra presurosa sobre
las colinas y cerros de Irlanda, "¡Mira!" @Exclamó Aelai en
cuanto llegaron al acantilado. Curithir
pudo entonces divisar al otro lado del mar la silueta azul grisácea de
Escocia. "¡Fíjate
bien!", Exclamó. Contemplaron
los ondulados montes que descendían hacia el sur cubiertos de un suave
manto de hierba. Los
hermanos se colocaron al borde del precipicio.
Cuando el sol se ocultó tras la marcada línea del horizonte
saltaron los dos a la vez, cayendo finalmente al agua rugiente. Cierto es que el sol poniente nos hace pensar en la inmortalidad.
Quizá Dios crease la naturaleza de tal modo que, al término de
cada día, el sol represente una muerte simbólica.
Quizá Dios colocase el sol en el cielo para recordarnos nuestra
vida de mortales y para que quienes tienen ojos vean.
Desde la muerte de Duborchu, Curithir senda un deseo intenso y
doloroso, pero siempre que escudriñaba su mente
para buscarle propósito, se desvanecía. Vadeó por las gélidas aguas
hasta una playa semicircular de arenas blancas y le habló en silencio a
Dios. "Yo no sé nada
-dijo su corazón, pero muéstrame cómo vengar la muerte de mi padre
antes de que los vikingos maten a personas de mi pueblo". Los jóvenes acamparon
para hacer noche y por la mañana les despertó el ruido de cascos y el
entrechocar de escudos. Curithir
se levantó y vio que cabalgaban hacia él tres hombres con yelmos de
forma cónica. Los
guerreros llevaban espadas refulgentes y vestían de azul y amarillo con
bordados de plata. Curithir
sintió temor Y tiró de su camisa de
lino intentando ocultar sus pies descalzos.
El primer guerrero desmontó e hizo su acostumbrado saludo de paz
clavando la espada en el suelo junto a su costado.
Curithir hizo otro tanto, aunque su espada no era más que un
juguete de la infancia y la hoja se rompió al chocar con el suelo.
"Decidme, en nombre de Dios, ¿cómo puedo llegar a ser como
vosotros?", Preguntó Curithir. "Si quieres decir
guerreros, siervos de un rey, todavía eres muy joven", dijo el
guerrero. Curithir le
explicó "soy joven, pero mi padre me ha preparado para la
batalla". Los guerreros prorrumpieron en risas. "Imaginaos dos campesinos palurdos que no saben nada de
las hazañas de la guerra", dijeron, dándole la espalda.
"Pero... -dijo Curithir-, ¿no podéis decirnos dónde
podemos aprender?". "En el sur", se limitó a decir el
guerrero mientras se alejaba cabalgando con los de sin parar de reírse. Ala mañana siguiente Aelai y Curithir llenaron sus hatillos de salmón, bayas y agua. Curithir montó a Iala y Aelai subió a la grupa tras él. Curithir echó las riendas sobre los hombros de la yegua y se pusieron en marcha. En toda muerte hay también un nacimiento. Aunque la muerte de Duborchu había acabado con todo lo que podría haber sido Curithir, también le había insuflado una nueva vida. Su encarnación era completa: siempre que en su vida había incidido la duda, había adquirido certeza. Ahora estaba seguro de que, al margen de lo que pudiera acontecerle, se desenvolvería como guerrero al servicio de un rey y viviría o moriría por ello. |