MITOS CELTAS Y DE LA
GALIA
Para los primitivos celtas, el mito suplantaba a la historia misma. En ninguna
otra sociedad se daba tan perfecta simbiosis entre la realidad y la irrealidad,
la narración y la fábula, lo exotérico y lo esotérico. Ya el griego Estrabón,
que nació poco antes de comenzar nuestra era, menciona a los celtas en su
voluminosa obra geográfica, basándose en escritos de anteriores historiadores
clásicos,y hace mención a la similitud de ritos y costumbres entre pueblos
que, merced a las continuas migraciones de aquellos tiempos, hermanaban sus
razas hasta llegar, incluso, a una posterior simbiosis. También cita algunas de
sus peculiaridades, las cuales hacen a este pueblo primitivo más atractivo que
otros muchos de aquella época.
Se sabe, por ejemplo, que los celtas adoraban las aguas de los diferentes
manantiales y consideraban sagradas todas las fuentes. En torno a ellas tejieron
variedad de leyendas, algunas de las cuales han pervivido hasta nuestros días.
Había un dios de las aguas termales llamado Bormo, Borvo o Bormanus -conceptos
que tienen el significado de "caliente", de aquí derivará Bourbon, o
"luminoso" y "resplandeciente"-, al que se le reconocía
también, en ocasiones, como el dios de la luz. Y su ancestral culto daría
lugar a la conmemoración de las célebres fiestas irlandesas -las "Baltené"-,
que se celebran el primero de mayo.
Muy a menudo, los héroes celtas se consideraban hijos del río Rin -pues de la
margen derecha de este río provenía esa etnia celta que invadió la Galia, las
Islas Británicas,España,parte de Alemania e Italia y el valle del Danubio-, ya
que sentían la necesidad de ser purificados por el poder catártico del agua.
No obstante, la deidad más peculiar de las aguas era Epona -asimilada del mundo
griego-, que siempre iba montada a caballo, animal que el dios del mar, Posidón,
había hecho surgir con su tridente, tal como quedaba recogido en la mitología
clásica, por lo que también era considerada entre los celtas como una diosa
ecuestre. Había también una especie de patrona de manantiales y fuentes a la
que, los galos, denominaban Sirona.
MONTAÑAS
Es el galo, por tanto, un pueblo de costumbres ancestrales, que introduce en la
historia, acaso sin proponérselo, el valor mágico del arte, puesto que hace ya
más de quince mil años representaba en las paredes de ocultas cuevas una serie
de estilizadas figuras que, en opinión de modernos investigadores de la
prehistoria, estaban cargadas de simbolismo, y cuando menos -especialmente al
representar el cuerpo de algunos animales, que les servían de alimento,
atravesados con flechas o lanzas como una premonición mágica de su posterior
captura-, pretendían acercar la realidad a su imagen hasta identificar ambas.
Se trata, por tanto, de un pueblo que se caracteriza por introducir en sus
legendarias epopeyas, transmitidas por lo común de forma oral, elementos mágicos
y simbólicos que conformarán el mito de su ancestro,y de su idiosincrasia,
como raza y como etnia únicas.
Y, así, los galos tenían una concepción animista de la naturaleza y de la
materia -las cosas están llenas de dioses y de demonios, y tienen vida- y, por
lo mismo, consideraban sagradas a las montañas y, de forma especial, a sus
cumbres y picachos, en donde se llevaban a cabo rituales similares a los que se
realizaban en el Rin al sumergir en sus aguas a los recién nacidos; si el niño
sobrevivía pasaba a ser hijo legítimo puesto que tenía un protector, el río
Rin, común a él y a su progenitor. Algunas cimas de montañas eran
consideradas como morada de las deidades celtas y, en sus cumbres, se erigían
templos en honor de los dioses que mejor protegieran estos lugares de silencio y
recato. Eran consideradas como deidades la Montaña negra y algunas cumbres de
los Pirineos. Por lo demás, el parecido con los lugares sagrados de la mitología
clásica, tales como el Olimpo y el Parnaso, era evidente.
BOSQUES
Una etnia, como la celta, que llenaba las regiones en las que habitaba con
infinidad de seres fantásticos, tales como hadas, gnomos, silfos, duendes y
enanos, tenía que procurarse lugares idóneos para el acomodo de tamaña
caterva. Y es así como surge la preocupación y el respeto por la vegetación,
por la hierba, por los árboles; el bosque se erige, todo él, en santuario
celta, y sus árboles -con las raíces buscando las profundidades de la tierra,
y las ramas abriéndose hacia el horizonte amplio del espacio exterior-,
simbolizan la relación constante entre lo que está abajo y lo que está
arriba, entre lo inmanente y lo trascendente.
Siguiendo su criterio animista, los galos consideraban a sus bosques llenos de
vida y, muy especialmente a ciertos árboles, de la familia de los quercus, que
en ellos crecían. Entre éstos, acaso los más protegidos ritual y eficazmente,
fueran las encinas, a las cuales se las tenía un respeto religioso y
trascendental, cargado de veneración. Era un árbol bendito y, cuando ardía,
tenía la virtud de curar enfermedades. Acaso la tradición, que aún pervive,
de las hogueras de San Juan, tenga su origen en ciertos ritos celtas
relacionados con la llama catártica de la encina al arder.
SIMBOLISMO VEGETAL
Aquellos que pasaran por el tronco hueco de los árboles del bosque, serian
preservados de todas las enfermedades y todos los males. Y, en el caso del
roble, se hacía tan patente su carácter totémico que se le consagraba al dios
celta Dagda, el cual era una deidad creadora que encarnaba el principio
masculino, mientras que el principio femenino sería detentado por el muérdago.
Sólo los druidas -poderosos sacerdotes galos-, con sus podaderas de oro, y
revestidos con túnicas blancas, en una ceremonia plena de pompa y boato, podían
cortar y recoger el muérdago que crecía apegado a los robles. La ceremonia iba
presidida de un ritual consistente en sacrificar toros blancos a los dioses,
también la tela en la que se depositaba el muérdago podado debía ser de color
blanco.
Había también otras plantas que se utilizaban para curar las enfermedades
contraídas por algunos animales y, para recogerlas, se hacía necesario seguir
un ritual consistente en utilizar sólo la mano izquierda, guardar ayuno y no
mirar a la planta en el momento mismo de arrancarla. De lo contrario, no surtiría
el efecto deseado.
El roble, por lo demás, aparecía entre los celtas cargado de simbolismo y, por
lo mismo, representaba la buena acogida, la tutela y el apoyo.
SIMBOLISMO ANIMAL
También los animales eran objeto de culto y veneración entre los galos.
Algunos grupos tribales llevaban el propio nombre de un determinado animal para,
así, mostrarle la veneración y el culto debidos.
Por ejemplo, la tribu de los "Tauriscí" recibía ese nombre porque
sus componentes estaban considerados como "los hombres y mujeres del
Toro". Los "Deiotarus" pertenecían al grupo del Toro deífico.
Los "Lugdunum" eran llamados así porque habitaban en la colina del
cuervo. Los "Ruidiobus" aparecían asociados al jabalí y al ciervo.
La tribu de los "Artogenos" era un pueblo ligado a la existencia de
animales como el oso. Y hasta había una diosa que recibía el nombre de "Artío",
y aparecía representada con la figura de una osa.
Lo cierto es que existen numerosas representaciones artísticas que muestran la
importancia que, entre los celtas, adquiriría el totemismo animal. También
abundar una especie de legislación no escrita, que es una consecuencia directa
de esta consideración sagrada de los animales, por la cual los pobladores
celtas se mostrarán escrupulosos a la hora de conseguir sus alimentos. Por
ejemplo, entre los celtas no se consumía carne de caballo, puesto que éste era
uno de los animales considerados sagrado, y exclusivamente destinados a
menesteres bélicos.
Animales como la liebre, eran utilizados por los pobladores galos con fines
relacionados con la predicción profética y la visión futura. También el
pollo, el gallo y la gallina eran animales venerados por los galos, y su carne
no podía comerse.
DEIDADES
SANGUINARIAS
Lo curioso es que, al lado de tanto respeto por los animales, los galos
practicaban sacrificios cruentos de seres humanos que ofrecían a unas deidades
consideradas despiadadas. Entre estos dioses, cabe destacar a Esus, Teutatés y
Tarann; el primero de ellos era un dios leñador, considerado como dueño y señor
de campos y vidas. Era muy similar a un dios secundario del panteón clásico,
especialmente del romano, que tenía los mismos atributos que la deidad gala, y
que llevaba por nombre Herus.
El segundo de ellos estaba considerado como un dios relacionado con la población,
con el pueblo, pues "Teutatés" guarda relación con una palabra celta
que significa pueblo. No parece, por lo demás, que tenga mucho que ver con la
existencia de una deidad sanguinaria que exige vidas humanas.
El último de los tres enumerados, Tarann -también llamado Taranis-, deriva su
nombre de la palabra gala tarah, que significa "relámpago", y estaba
considerado como el dios del fuego y de las tormentas. También aparecía, a
veces, como una deidad relacionada con otros elementos esenciales distintos del
fuego, tales como el agua, el aire y la tierra, sobre los que incidiría como
una especie de principio activo.
También se le ha relacionado con el conocimiento y la intuición, por lo que no
parece que sea un dios detentador de tamaña barbarie como era el sacrificio de
vidas humanas.
EL CALDERO DE LA
ABUNDANCIA
Y puesto que la mitología gala contiene más de cien deidades, la variedad está
asegurada. Es decir, que al lado de los anteriores, considerados por los
narradores de mitos como sanguinarios, existen otros de características
radicalmente opuestas. Por ejemplo, en este sentido, cabe citar al benéfico y
altruista, si es que se me permite la expresión, dios celta Dagda. Este era
conocido por el atributo del caldero de la abundancia -entre los celtas, el
caldero era uno de los objetos cargados de simbolismo mágico y mítico, pues en
su fondo se guardaban las esencias del saber, de la inspiración y de la
extraordinaria taumaturgia-, con el que alimentaba a todas las criaturas. Y,no sólo
quedaban satisfechos de forma material, sino que también, quienes acudían al
caldero próvido de Dagda, sentían saciadas sus apetencias de conocimiento y
sabiduría.
Otra cualidad del dios Dagda era su relación directa con la música, y con su
poder evocador. Uno de sus atributos, precisamente, era el arpa; instrumento que
manejaba con maestra y arte, y que le servía para convocar a las estaciones del
año. Arrancaba, también, tan suaves melodías a este instrumento que muchos
mortales pasaban de este mundo al otro como en un sueño, y sin sentir dolor
alguno, ni siquiera percatarse de ello.
El dios Dagda fue una especie de Orfeo céltico y, entre sus descendientes, cabe
citar a Angus que cumpla entre los irlandeses las mismas funciones que el Cupido
clásico. Angus era la deidad detentadora del afecto y del amor y, en vez de
lanzar dardos o flechas, tiraba besos que no se perdían en el aire, sino que se
convertían, después de haber cumplido, por así decirlo, su misión, en dóciles
y delicadas avecillas que alegraban con su melodioso trinar la vida de los
felices enamorados.
También tuvo Dagda una hija llamada Brigt que fue considerada por los celtas
como la protectora de las artes declamatorias y líricas. Se la encomendó el
patrocinio de la ciudad y, entre los galos, era quien guardaba el caldero del
conocimiento, la sabiduría y la ciencia.
GIGANTES Y HEROES
Hubo otros dioses celtas que casi eran réplicas perfectas de las deidades clásicas.
Tal es el caso del dios Mider,cuyas características son muy similares al Plutón
de los clásicos,pues estaba considerado como el dios que gobernaba sobre los
abismos subterráneos e infernales. Siempre se le representa con un arco, que
sabe manejar con extrema habilidad, y que le sirve para seleccionar a sus
posibles víctimas, las cuales escoge tanto entre los héroes como entre los
mortales. En ocasiones se le ha comparado con una especie de Guillermo Tell,
galo.
Cabe también citar a otras criaturas que poblaban la región de los celtas y
que guardan, también cierto paralelismo con otras similares en el mundo griego
y romano. Se trata de seres de talla descomunal, y tamaño desproporcionado; de
gigantes que, como el irlandés de nombre Balor, apenas podía mover sus párpados
-se dice que tenían que sujetárselos con un horcón para que se mantuvieran
levantados- y, sin embargo, era capaz de infligir a sus desgraciadas víctimas
un daño irreparable, para el que no había lenitivo ni remedio alguno. Se trata
del incurable mal de ojo. En la mitología clásica existen personajes parecidos
entre la raza de los cíclopes, que tenían un solo ojo, de grandes
proporciones, en medio de su despejada frente.
Otros héroes celtas legendarios, cuya prestancia difiere radicalmente de la del
gigante Balor, son el rey Fionn y el héroe Bran. Del primero se dice que tenía
tanto poder, que cuando se encolerizaba era capaz de cubrir de nieve toda
Irlanda durante un largo espacio de tiempo.
Del segundo, se conoce una de sus más célebres empresas, la cual no es otra
que la contenida en aquella legendaria narración, en la que se describe cómo
el héroe mítico Bran, para librar batalla con sus enemigos, fue capaz de
atravesar andando el mar de Irlanda.
También cabe mencionar la leyenda del más conocido de los reyes legendarios
celtas, cuyas aventuras han quedado recogidas en escritos galos e irlandeses y,
a quien se le presenta, ora como un dios, ora como un héroe inmortal y, en
ocasiones, como un simple mortal que lucha contra el invasor anglosajón. El
ciclo medieval del Rey Arturo narra las hazañas de este personaje mítico que,
por lo demás, ayudado en su lucha por deidades detentadoras de poderes maléficos
y benéficos, a un tiempo. La importancia que se le atribuye al episodio de la búsqueda
del Santo Grial, basado en una creencia medieval cristianizada, y la serie de
personajes -como los Caballeros de la Tabla Redonda,Perceval y Lancelot, etc- y
avatares que se suceden para descubrirlo, tiene ya un precedente en la más
ancestral tradición celta. Es decir, en aquella que relaciona al héroe Arthur
con el hallazgo del caldero mágico, del cual se apoderó pero, al ir a subirlo
al navío se encontró con que su tripulación había crecido en demasía y no
cabían en la nave. Lo cierto es que en Irlanda existen innumerables narraciones
míticas, llenas de encanto y misterio, que han servido de inspiración, en
numerosas ocasiones, a cualificados artistas y escritores de todos los tiempos.
EL HEROE CUCHULAINN
Uno de los ciclos míticos celtas más lleno de atractivo, y en el que sus
protagonistas se transforman en héroes inmortales, en el sentido de que
pervivirán en la tradición popular para siempre, tiene lugar en tiempos de un
legendario soberano que se supone desarrolló sus actividades poco antes del
inicio de nuestra era. Su nombre era Conchubar, y se había erigido en rey del
Ulster después de haberle quitado el trono a Fergus, anterior soberano del
citado reino. Puesto que aquél se había servido de diversas artimañas y engaños
para conseguir sus propósitos, no tardaron los partidarios de este último en
reaccionar y, para derrocar a Conchubar, destruyeron la capital del Ulster. Sin
embargo, la descripción de esta epopeya, nos lleva a considerar el arribo, a la
historia de las legendarias sagas, de uno de los héroes más célebres de la
mitología celta, se trata de Cuchulainn. Este libró cruentas batallas con sus
armas invencibles y juró siempre fidelidad al rey del Ulster.
EL DE LOS LARGOS
BRAZOS
Cuchulainn tiene mucho en común con los héroes clásicos, con el propio
Aquiles -destacado protagonista de la Ilíada-, por ejemplo. El héroe de marras
nació de la unión entre un dios y una mujer mortal y, así, su padre fue la
poderosa deidad Lugh, que podía llegar con sus enormes brazos -el término Lugh
significa "el de los largos brazos"- hasta los lugares más alejados y
recónditos. La madre de Cuchulainn fue una hermana del rey Conchubar, por lo
que éste era su tío. El nombre que le impusieron al héroe al nacer fue
Setanta pero, cuando apenas había cumplido los siete años, ya dio muestras de
una fuerza sobrehumana, pues mató a un perro sanguinario y de poderosas mandíbulas,
al que hasta entonces nadie había conseguido vencer. El amo del terrible animal
era un herrero que se jactaba de la fiereza de su perro hasta que, en una ocasión
que invitó al rey Conchubar a un banquete, éste llevó consigo a su joven
sobrino, quien dio muerte al hasta entonces invencible perro. El herrero se
llamaba Culann y, por lo mismo, a partir de entonces, al muchacho Setanta
pasaron a denominarlo Cuchulainn, concepto que significa "el perro de
Culann".
NACIMIENTO DE UN
HEROE
Una serie de avatares, hazañas, sucesos, le acaecerán, a partir de ahora, al
joven y reciente héroe Cuchulain. Y, en el discurrir de la célebre epopeya,
otros personajes -el valiente luchador Crunn, su esposa Macha, los caballeros de
la Rama Roja...- vendrán a completar la serie de aventuras sucedidas en un
tiempo mítico, aunque la narración se sitúe a comienzos de nuestra era y en
un lugar determinado del condado del Ulster.
El relato explica que Cuchulainn nunca era vencido por sus enemigos porque, en
el fragor de la batalla, cuando la ira le poseía, tenía la propiedad de
transformar su imagen física, debido a que su cuerpo desprendía gran valor, lo
cual hacía parecer al héroe como un ser terrible y temible.
También en otra ocasión, nuestro héroe dará muerte a tres gigantes que a su
fortaleza física, unían la capacidad maléfica de utilizar ciertos poderes mágicos
con los que vencían a todos sus oponentes. Los gigantes habían retado a los
caballeros de la Rama Roja y, éstos, decidieron pedir ayuda a Cuchulainn,
quien, sin pensárselo dos veces se puso de su parte y venció a los gigantes.
AMADO POR BELLAS
DIOSAS
Era tanto el valor y el arrojo de Cuchulainn, ante sus enemigos, y aumentaba
tanto su fama de invencible, de día en día que, hasta los propios dioses,
solicitaron su ayuda en varias ocasiones, para lograr vencer a otros dioses.
Como saliera victorioso el bando en el que luchaba Cuchulainn, éste fue
invitado a permanecer entre los vencedores; se le hicieron toda clase de
obsequios, y hasta se le permitió corresponder al amor solícito de la diosa
Fand. Pero, puesto que Cuchulainn ya estaba casado con una mujer mortal, decidió
abandonar la morada de la hermosa deidad y regresar con los suyos. La diosa Fand,
no obstante, procuró al héroe armas poderosas que siempre le otorgarían la
victoria ante sus contendientes, fueran éstos dioses o criaturas mortales. La
mujer de Cuchulainn era hija de un célebre y poderoso mago que, en principio,
se había negado al casamiento de ésta con aquél. Pero la muchacha, de nombre
Emer, era tan hermosa que el héroe decidió raptarla; para ello derrumbó el
castillo mágico en el que su padre la había encerrado, y mató a éste y a
todos los que la custodiaban. Aunque se trataba de luchar contra un mago, y
aunque el castillo estaba protegido con sortilegios y hechizos, no por ello se
arredró el aguerrido héroe Cuchulainn puesto que, con anterioridad, él había
sido iniciado en el mundo de la taumaturgia por una prestigiosa maga que tenía
su morada en la región de Alba (Escocia). Antes de separarse de su maestra, y
una vez que ya el héroe Cuchulainn conocía ya a la perfección el arte del
encantamiento, derrotó a una acérrima enemiga de aquélla: la belicosa
guerrera amazona Aiffé. La leyenda explica que, ambos contendientes mantuvieron
relaciones íntimas y que, incluso cuando el héroe abandonó aquellos
territorios, dejó embarazada a la amazona.
EL TORO DE LA
DISCORDIA
Sin embargo, la verdadera talla de héroe la alcanzo Cuchulainn en la refriega más
célebre de toda esta epopeya, es decir en la "Batalla de Cooley". La
intervención del joven héroe fue definitiva para que el mítico "Toro de
Cooly" fuera devuelto al reino del Ulster; además, aquí consolidó su
hegemonía definitivamente y ganó para sí el título de "campeón de los
Ulates".
Todo sucedió porque la codiciosa Maeve -que era un hada malévola, que reinaba
sobre las demás hadas, que tenía atemorizadas a todas sus compañeras y que
conocía todos los sortilegios y conjuros- se desposó con el soberano de una
región limítrofe del Ulster. Como regalo de boda, recibió de su esposo un
hermoso toro de color blanco. Ningún otro ejemplar le igualaba, salvo el toro
de color negro que tenía el rey del Ulster. Maeve, que era muy rica, le ofreció
al soberano de este condado, es decir a Conchubar, todos los bienes pecuniarios
que le pidiera, a cambio de aquel animal tan hermoso y único. Pero, todas sus
propuestas fueron rechazadas y, entonces, la malvada Maeve decidió robar el
toro del Ulster. Y hacia allí se dirigió con su ejército, no sin antes evocar
una especie de conjuro que paralizaría a todos los guerreros de su oponente.
PROTEGIDO DE DIOSES
Sin embargo, tales artes no hicieron efecto en Cuchulainn, puesto que tenía por
ascendiente a un dios y, cuando el ejército de Maeve se acercaba confiado a los
confines del reinado de Conchubar, les salió al paso el más temible y poderoso
de todos los legendarios héroes que en el mundo de la fabulación ha sido. Con
sus armas poderosas, con sus poderes mágicos y con su valor y fuerza,
Cuchulainn se enfrentó con todo el ejército de aquella hada mala -ya resulta
curioso descubrir que no todas las hadas eran buenas- y, después de cruentos
combates, acabó con todos sus enemigos, los cuales no pudieron contrarrestar
los terribles efectos de las armas que la diosa Fand le había dado. El toro
robado será restituido por Maeve al reino del Ulster.
Pero, algunas de las escenas que suceden en la batalla hacen llorar a Cuchulainn
de dolor y pena. Es el caso que con el ejército adversario viajaba otro gran héroe
llamado Ferdia, célebre por su arrojo y valentía, y al que nadie había
vencido nunca. Cuchulainn y Ferdia eran amigos desde la infancia y se habían
prometido, en innumerables ocasiones, ayuda mutua. Ninguno quería luchar contra
el otro pero, la malvada Maeve, logró emborrachar a Ferdia, y engañarle con
fingidas promesas de amor, hasta que consiguió ver enfrentados a ambos héroes.
Se inicia una dura y encarnizada lucha cuerpo a cuerpo, en la que uno de los dos
valerosos jóvenes tiene que morir. Los dos son valientes y fuertes, pero
Cuchulainn tiene más experiencia en la lucha y mejores armas y, aunque al
principio ambos contendientes tomaban aquello como un juego y no se hacían daño
alguno, sin embargo, pronto cambió el cariz de su enfrentamiento, y un tremendo
golpe de la espada mágica de Cuchulainn acabó con la vida de su amigo de la
infancia. La muerte de Ferdia fue considerada por Cuchulainn como una pérdida
irreparable para él y, dice la leyenda, que cayó de rodillas allí mismo, y de
sus ojos brotaron lágrimas de arrepentimiento que regaron el cuerpo inerte de
su antiguo camarada.
LEYENDAS
Sin embargo, y aunque el héroe Cuchulainn tenía por ascendiente a un dios, él
mismo no era inmortal y, la epopeya de su combate contra las huestes de la malévola
Maeve, prosigue hasta que llega un trágico final. El caso es que todavía el héroe
del Ulster tiene que luchar contra otros guerreros poderosos, a los que Maeve ha
traspasado su magia y sus malas artes. Entre éstos se destacará quien, con su
ingente prole -según la leyenda tenía veintisiete hijos-, se enfrenta a
Cuchulainn y le arrebata su lanza mágica. A continuación le infiere graves
heridas por las que brota mucha sangre y, el héroe, que ve llegado el momento
postrero para él, decide atarse con su cinturón de cuero a una columna para
morir de pie. Cuenta el relato que su caballo se alejó, luego de rozarle con su
morro, de aquel lugar, a todo galope. En cuanto a Emer, esposa del malogrado héroe,
morirá deshecha en lágrimas sobre el cadáver de Cuchulainn. Ya al borde de la
muerte, aún logró partir con su poderosa espada el acero del enemigo que se
acercaba para cortarle la cabeza, pues tal era la bárbara costumbre de
entonces, logrando así no morir decapitado
Hubo otras sagas de aguerridos héroes entre los celtas, además de Cuchulainn,
Por ejemplo, la del guerrero Finn que, según la narración legendaria, fue
hallado en un es peso bosque, al pie de un gigantesco árbol, por el séquito de
un mítico soberano -su madre le había abandonado cuando era un recién nacido-
y, era tal su belleza, que le pusieron por nombre Finn, palabra que significa
"bello, hermoso".
LOS DRUIDAS
El pueblo celta había llegado a tan remotos y apartados lugares que,
consecuentemente, desarrollaría una cultura propia y enraizada en sus
particulares creencias. De aquí la importancia que adquieren los diversos mitos
celtas, así como la fuerza de atracción que emana de sus legendarios héroes.
Algunos de los cuales guardan cierta relación con los protagonistas de la
fabulación clásica, especialmente con los griegos.
Mas, también hay que destacar la importancia que alcanzar lo sagrado y
trascendente, lo esotérico y lo mítico, por esos contornos plenos de misterio.
La importancia que adquieren por entonces los monumentos megalíticos y, por
consiguiente, todo lo relacionado con la muerte, dará lugar a la formación de
sociedades garantes del culto y el rito, tales como los druidas que, según las
investigaciones más dignas de crédito, ya en la época neolítica habían
adquirido gran importancia y raigambre entre los irlandeses. Luego pasarían,
desde las islas Británicas, al territorio galo, en donde, junto con los
caballeros, se convertirían en una de las clases sociales más influyentes y
poderosas de aquellos tiempos. También hubo otras asociaciones que se ocupaban
de la interpretación taumatúrgica de aquellos hechos para los que no se
hallaba explicación racional; por ejemplo, los bardos. Incluso existieron
sacerdotisas y magas que practicaban el arte de la hechicería, y desarrollaban
unos poderes pocos comunes.
Sin embargo, la institución más importante será la de los druidas. Estos
realizaban los sacrificios a las diversas deidades, por lo que pudiera pensarse
que eran una casta de sacerdotes y nada más. Sin embargo, también ellos dirimían
las diversas controversias entre ciudadanos, entre grupos sociales y entre
poblaciones diversas; todos estaban obligados a cumplir el castigo impuesto por
los druidas y todos debían acatar la sentencia por ellos dictada, de lo
contrario eran excomulgados y separados de entre los suyos.
Los druidas detentaban, también, un poder mágico que los capacitaba, según la
población, como curanderos y sanadores de enfermedades de la mente y del
cuerpo. Conocían las propiedades de diversas plantas y utilizaban, además,
para sus ensalmos y sortilegios, caparazones de erizos fosilizados. Algo similar
a lo que, entre la población oriental, sucedía con las marcas de los
caparazones de las tortugas resquebrajados por el fuego, que luego eran objeto
de interpretación mágica. A los druidas se los tenía, también, por magos y
adivinos y, hasta existía la creencia cosmológica de que ellos habían creado
el espacio inmenso y los mares y océanos, que harían posible el nacimiento de
los propios dioses. Nuestro mundo perecería, en opinión de los druidas, por el
agua y por el fuego; esto mismo defendería, en la época clásica, la escuela
griega de los estoicos.
También enseñaban los druidas la doctrina de la metempsícosis, o transmigración
de las almas, pues creían que había otra vida, más allá de ésta, en la que
se pagaba toda deuda aquí contraída. Sólo los druidas sabían interpretar las
inscripciones lapidarias de los "oghams", especie de mensajes grabados
en la piedras de los recintos funerarios que acaso aluden a la vida en el más
allá.
Precisamente, la palabra druida significa "el experto vidente", por lo
que tenían la exclusiva, por así decirlo, de la interpretación onírica, del
conocimiento mágico del poder de las plantas -especialmente ensalzaban las
virtudes del muérdago que sólo los druidas podían tocar-, y de la curación y
la clarividencia.
Jóvenes selectos eran reclutados para formar la sociedad druídica. Permanecían
durante veinte años aprendiendo todas la técnicas necesarias para luego ser
capaces de interpretar y memorizar textos sagrados. Pues toda la tradición
heredada de los antepasados era de viva voz. Tenían que llegar a dominar la
astrología, la adivinación, la historia y la teología; su conocimiento de los
fenómenos naturales, y de la naturaleza en sí, debía ser exhaustivo.
fuentes: mitología universal oma