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MADRID DE CAPA Y ESPADA
Un paseo por el Madrid del capitán Alatriste nos reserva
algunas sorpresas. Exceptuando el alcázar real, una docena de iglesias y
conventos y alguna que otra casona palaciega, el caserío de la capital se
compone de casuchas de tapial y tablas que dan a la ciudad un aspecto pobre. Las
casas de un solo piso no pagan contribución o regalía del aposento. Por
eso se las llama "casas de malicia", para distinguirlas de las
restantes que son las "de aposento".
En Madrid hayalgunas calles y plazas empedradas, pero la
mayoría tiene el piso de barro en invierno y de polvo en verano y un arroyuelo
central al que van a parar las inmundicias. En el Madrid de Alatriste (como en
el resto de Europa, por cierto) no hay servicio de recogida de basuras ni
alcantarillado que evacue aguas fecales.
A las deposiciones y meadas de las caballerías que transitan
por la calle hay que agregar los desperdicios de las cocinas y las aguas sucias
que los vecinos arrojan a la vía pública. Todo ello se pudre al sol y apesta,
especialmente en verano. Además los cementerios están en las iglesias y
algunas tumbas mal selladas exhalan la fetidez de los cadáveres en
descomposición. A ello hay que sumar las antihigiénicas costumbres del
vecindario: a falta de retretes públicos, los transeúntes orinan en cualquier
rincón. Un bando municipal de 1639 advierte que las aguas se deben vaciar por
las puertas y no por las ventanas, pero los criados y las amas de casa siguen
vaciando los orinales por la ventana al tiempo que gritan ¡Agua va!, una
advertencia que a veces llega cuando ya se ha recibido la rociada.
Al amparo de la Corte existe una numerosa población flotante
de forasteros llegados de las provincias para arreglar sus asuntos en los
Consejos (ministerios) o tribunales. Entre los que se ven obligados a residir en
Madrid durante meses, e incluso años, abundan los antiguos soldados que buscan
un retiro honroso después de servir en Flandes o en las Indias. A ellos se
suman los numerosos funcionarios de la burocracia estatal, que requieren
cantidad de criados, servicios, hosteleros, tabernas, lo que conforma un mundo
abigarrado a cuyo amparo florecen la picaresca y diversos oficios viles: los
ganapanes (criados eventuales), los esportilleros (mandaderos que ayudan a
llevar la compra a casa); los mozos de silla (que llevan al cliente en silla de
manos, antecedente del taxista), los y mendigos profesionales de los que, enel
Madrid de Alatriste, hay más de tres mil censados que ejercen su oficio en las
iglesias, mentideros y mercados. Algunos se fingen ciegos, otros se abren llagas
que refrescan a diario para que no se cierren o fingen amputaciones
inexistentes.
Las mujeres decentes sólo salen a la calle (generalmente a
una iglesia o convento vecino) acompañadas por un caballero, por criados o por
damas de edad. La actitud natural del hombre ante la mujer es el acoso sexual,
disimulado como galantería. No es considerado hombre cabal –escribe
Bertaut- quien no acosa y persigue a la mujer que encuentra a su paso,
excepto si va acompañada de hombres.
Durante el día, las calles y plazas principales, la Puerta
del Sol, la Plaza Mayor, la Plazuela de Herradores, están llenas de gente en
movimiento: los pudientes, en carroza o a caballo; las damas, en silla de mano
cubierta; los pobres, a pie.
La calle es muy ruidosa. Los conversadores tienen que
levantar la voz para hacerse oír por encima de los pregones de los vendedores
ambulantes. Parte de esta animación se traslada al caer la tarde al Paseo del
Prado donde los madrileños acuden a lucir sus coches, a ver y a que los vean.
Cuando anochece la ciudad se recoge y queda desierta. La
gente se acuesta pronto pues la iluminación interior es bastante deficiente: en
las casas de los pobres alguna vela de sebo que da un humazo desagradable o,
simplemente, la escasa luz de la chimenea que hace de cocina y de calefacción.
En las viviendas de los ricos se usan velas de cera o lámparas de aceite. En la
calle no hay más iluminación que la que brindan algunas lamparillas votivas
encendidas a los pies de imágenes de santos en esquinas y portadas de
conventos. A pesar de la cuadrilla de alguaciles que patrulla las calles
principales, las personas juiciosas evitan salir de noche.
VIVIENDAS
¿Cómo son las casas por dentro? Las pudientes tienen en la
planta baja la cocina y la sala de estar, los dormitorios arriba y bajo el
tejado un altillo donde almacenan las reservas de harina, aceite, garbanzos,
manzanas, etc. El suelo está pavimentado con ladrillos, a veces pintados y
barnizados. En los suelos se extienden alfombras. Se comienzan a usar cristales
en las ventanas. En verano se vive en la planta baja, más fresca, y en
invierno, en la alta. La vivienda se compone de salones sucesivos comunicados
entre ellos o, a veces, por un amplio corredor que da a un patio interior. Las
habitaciones principales, con tapices en las paredes y alfombras en el suelo,
están en el primer piso y dan a la fachada: el primer estrado o
habitación de respeto es un lugar de paso; en el segundo estrado o de
cumplimiento, se recibe a las visitas. Está decorado con espejos y bargueños y
tiene una tarima con almohadones para las mujeres y una parte sin tarima, con
sillas, para los hombres; el tercer estrado es el del cariño, o
dormitorio de la señora, donde sólo entra la familia.
Para muestra de una casa acomodada podemos observar la que
fue de Lope de Vega en la calle Cervantes, antes Francos, hoy restaurada y
convertida en museo del escritor. Es un inmueble de ladrillo y piedra, de dos
plantas y altillo, con ventanas emplomadas. Detrás, el jardincillo donde Lope
de Vega hacía tertulia con los amigos y cuidaba un naranjo con sus manos
mientras veía pasar la vida sin perder su pasión por ella: "Yo he nacido
con los dos extremos, que son amar y aborrecer; no he tenido medio jamás".
En sus tiempos, los de Lope, también había una mancebía de
lujo, Las Soleras, a la que acudía la gente bien. Las de los pobres, o
berreaderos, estaban en otros sectores de la ciudad.
En la casa del Madrid de los Austrias, incluso si pertenece a
personas acomodadas, no hay cuarto de baño. El retrete es un agujero en el
corral o junto al zaguán, sobre un pozo negro que los poceros vacían cada
pocos años.
Hay poca costumbre de bañarse. Algunos creen que el baño es
propio de moros y, por lo tanto, sospechoso. Naturalmente apestan. A veces se
queman hierbas olorosas en los braseros (alhucema) o incienso en las iglesias.
También hay sahumerios (humos perfumados que impregnan cuerpo y ropa) que
sahumadores profesionales aplican por una propina.
En las ventas y en los mesones baratos huéspedes comparten
cama. La costumbre es solicitar "media con limpio", o sea, cama
compartida con alguien que sea limpio, que no contagie de pulgas, piojos, sarna
o cualquier otra enfermedad infecciosa.
Muchas personas viven en casas alquiladas y cambian de
vivienda cada año, el día de san Juan, cuando se renuevan los alquileres. Una
mudanza no es trabajosa porque tienen pocos muebles: las camas, un arcón,
alguna silla... Hay arcones para la ropa y para el grano y un baúl o arca donde
se guardan ropas, documentos, alimentos. Los más ricos tienen bargueños para
guardar cartas y documentos. Los hombres se sientan en sillas; las mujeres, en
almohadones.
En la casa del pobre los muros son de adobe o tapial o de
ladrillos partidos rebuscados entre los escombros de otras casas; los tabiques,
de cañas y yeso; el suelo, de tierra pisada mezclada con cal, que forma una
costra dura. A veces lo tiñen de rojo con almagre.
Hay corrales de vecinos, en torno a un patio, en los que cada
familia ocupa una o dos habitaciones que dan a la galería común. En el patio
están los servicios comunes: un retrete con pozo negro, lavaderos, hornillos
para cocinar... En las ventanas de los pobres no hay cristales: sólo postigos,
que apenas dejan pasar la luz, y lienzos o papel encerado. Las paredes se
blanquean con cal. Las rejas y las puertas se pintan de azul o se barnizan con
aceite usado.
CONVENTOS
Una buena parte de la población de Madrid (y de España) ha
profesado en religión, en muchos casos para asegurarse techo y comida a cambio
de un trabajo fácil. En los conventos de monjas hay algunas mujeres devotas
pero también residen, contra su voluntad, muchachas de padres insolventes que
las hacen ingresar en religión porque no pueden casarlas pagando una dote
proporcional a su categoría social. Felipe IV suele meter en conventos a sus
antiguas amantes para asegurarse de que no tendrán relaciones íntimas con
otros hombres. El convento más famoso es el de las Descalzas Reales, el
convento pijo de Madrid, en el que los nobles archivan a sus hijas, con dote,
ajuar y criados, para que vivan con arreglo a su rango y condición y sin
incordiar mucho.
Más modesto es el Convento Trinitario de las Descalzas,
fundado en 1609 en la calle de las Huertas, en el que profesaron una hija de
Cervantes, Isabel, y otra de Lope de Vega, Marcela. En 1629, el joven Calderón
de la Barca violó, espada en mano, esta clausura persiguiendo a un tal Villegas
que acababa de apuñalar a su hermano en el mentidero de la calle del León. En
su arrebato, Calderón levantó los velos a varias religiosas para comprobar que
ninguna de ellas era Villegas disfrazado, un incidente por el que Lope de Vega,
ya anciano, protestó enérgicamente.
Las monjas tienen locutorio público, a través de una tupida
celosía, dos veces por semana. Los enamorados o libertinos, los galanes de
monjas, acuden a requebrarlas con regalos y promesas. En algunos conventos
se representan bailes y entremeses y hasta se practica el sexo con la
complicidad de la autoridad que hace la vista gorda.
TALENTO Y FAMA
A lo largo de la calle de las Huertas se extiende el barrio
literario por excelencia. "Nunca dióse en otro lugar del mundo –leemos
en la quinta entrega de Alatriste- semejante concentración de talento y fama;
pues sólo por mencionar los nombres ilustres diré que allí vivían, en apenas
doscientos pasos a la redonda, Lope de Vega en su casa de la calle Francos y don
Francisco de Quevedo en la del Niño; calle esta última donde había morado
varios años don Luis de Góngora hasta que Quevedo, enemigo encarnizado,
compró la vivienda y puso al cisne de Córdoba en la calle". El racionero
cordobés, que era ludópata irrecuperable, convirtió su vivienda en casa de
conversación, manera fina de designar un garito, pero la industria no debió de
prosperar dado que estaba sin blanca cuando Quevedo la compró y se dio el
gustazo de ponerle los muebles en la calle.
En la antigua calle Cantarranas, hoy Lope de Vega, por donde
se entra a la casa de Cervantes. En la esquina, la ortopedia "El Pie de
Oro", anuncia remedios para pies planos, juanetes, dedos martillos,
espolones, además de siliconas, un establecimiento que hubiera venido muy a
propósito en los tiempos que evocamos puesto que Cervantes era manco; Quevedo,
cojo y el comediógrafo Ruiz de Alarcón, jorobado (sus rivales, todos gente
piadosa, lo apodaban Corcovilla y "hombre entre dos platos").
Cerca de la calle del León está la iglesia de San
Sebastián y su capilla de la Novena, devoción de las actrices, que se llenaba
de falsos devotos deseosos de ojear a los actores y actrices famosos.
LANCES DE HONOR.
En el Madrid de Alatriste el honor se valora por encima de
todas las cosas. El honor es sumamente delicado. Cualquier gesto despreciativo o
situación humillante bastan para que un hombre se sienta "deshonrado"
y exija la inmediata reparación de la ofensa. No importa que el gesto del
ofensor haya sido involuntario o que el ofendido lo haya imaginado. Los testigos
también han podido imaginarlo y, al hacerlo, lo han convertido en real. El
honor nace de la dignidad propia, pero depende enteramente de la opinión de los
demás. Son los demás quienes dan y quitan el honor. Es sólo un concepto, pero
pocos hombres dudan en matar o morir por él.
Las ofensas manchan el honor del que las recibe y solamente
pueden lavarse con sangre, es decir, con la sangre del que ofendió. La única
reparación posible es la venganza, secreta o pública, porque sólo el
derramamiento de sangre permitirá al ofendido recuperar su honor. Los
contemporáneos de Alatriste son muy celosos y perfectamente capaces de asesinar
a sus esposas por simples sospechas de traición. También se dan casos en que
es la mujer la que agrede al marido infiel. Barrionuevo cuenta de una esposa
celosa que sorprendió a su marido con otra mujer y lo asió de las partes
bajas, y primero que lo soltó, dio con él muerto en tierra (...) saliéndose
con las criadillas en la mano.
En Madrid abundan los matones, jaques, matachines y
valentones que viven del negocio de la violencia. Son, por lo general, soldados
licenciados sin fortuna, como el propio Alatriste, o desertores, que se buscan
la vida actuando como guardaespaldas o asesinos. Cuando uno de estos jaques topa
con la justicia, se acoge a la inmunidad territorial de una iglesia, a salvo de
la policía. La iglesia más solicitada es la de San Ginés, rodeada por un
callejón al que por la noche salen los acogidos a tomar el fresco y a
encontrarse con sus coimas mientras dos compadres vigilan los accesos y dan la
alarma si se presenta la pasma. En este barrio, en una de las casas galdosianas,
vivía y daba sus clases el maestro de esgrima, don Jaime de Astarola, el
memorable personaje de Pérez Reverte.
En el Madrid apasionado y violento de los tiempos de
Alatriste lo natural es salir de casa armado, los pudientes con espada y los
pobres con un cuchillo o una navaja por si llega el caso de tener que defender
la vida o el honor. Los caballeros, además de enormes sombreros o chapeos que
les protegen de las inclemencias del tiempo y de los azares de la vida en la
ciudad -como los rociones de aguas sucias que las gentes arrojan a la vía
pública-, suelen vestir, sobre los jubones, las ropillas y los sayos, una
especie de chaleco llamado coleto que guarda de las heridas de arma blanca.
BODEGONES DE PUNTAPIE
Junto con el vestido, el gran signo de diferenciación social
es la comida. Los ricos comen carne de carnero, de vaca, de gallina o de cerdo
asada o guisada: una acumulación de carnes con las mismas o parecidas salsas
agridulces excesivamente especiadas con ajo, azafrán, pimienta, nuez moscada y,
casi siempre, canela, azúcar y vinagre. El resultado son platos pesados y
excesivamente picantes para el gusto actual. Las especias proceden de Oriente y
son muy caras, por eso el pobre se conforma con añadir ajo, perejil y
yerbabuena a sus guisos.
Los pobres comen muchas sopas de manteca añeja, ajo y
hortalizas en las que migan el pan. Apenas comen carne, fuera de las vísceras
(corazón, tripas, hígado, pulmones, pancreas). También, completan su dieta
con gatos, conejos, animales menores y, a veces, perros. (Es sorprendente la
cantidad de huesos de perro que aparece en los basureros de la época). Los
mendigos se alimentan de las sobras de los conventos.
Los campesinos hacen dos comidas básicas: migas al amanecer
y olla por la noche; en estío vinagrillo o salmorejo. También comen bellotas,
altramuces y algarrobas.
En Madrid hay restaurantes, llamados figones (más
elegantes), y bodegones, o casas de la gula (más populares). Gozan de justa
fama el Mesón de Paredes; el figón de Lepre, donde come Quevedo; el Mesón de
la Miel y el del Caballero de Gracia, ambos en la Cava Baja de san Francisco; el
Mesón de la Herradura, en la calle de la Montera; el de la Media Luna, en la
calle de Alcalá y el Mesón del Peine, en la calle Postas. Este último,
fundado en 1610, perduró hasta el siglo XX.
Los madrileños conocen la especialidad de cada
establecimiento. Para degustar una buena empanada de carne picada, especias
picantes y almendras van al Mesón de Paredes; para un buen buñuelo, en la
Plazuela de Herradores, junto a la taberna. Cerca de allí, en la puentecilla de
San Ginés, hay un despacho donde hacen el mejor manjar blanco de la
Villa y Corte. El manjar blanco es la perla de las pastelerías, una
pasta de pechugas de gallina, harina de arroz, azúcar y leche. En Cuaresma
sustituyen la carne por pescado cecial.
Para economías más débiles están los bodegones de
puntapié, como llaman a los puestos ambulantes de comida y bebida que se
instalan a ciertas horas en las esquinas más transitadas de la ciudad. En estos
bodegones se puede adquirir, dependiendo de la hora, aguardiente y confitura de
naranja, desayuno típico de la corte, o, si es hora de almorzar, alguna olla
sobre trébedes con sopa o guiso de habas, cebollas, carnes hervidas, tocino,
callos, refrescos. A cualquier hora se degustan los populares buñuelos o
empanadas, no tan buenas como las del Mesón de Paredes pero mucho más baratas:
unas empanadas rociadas de pimienta para disimular el hedor de la carne
podrida.Con tanta comida en establecimientos públicos es inevitable que abunden
los gorrones, los que Quevedo llama "susto de los banquetes y cáncer de
las ollas", y, más aún, las gorronas, las damas pedigüeñas, que en el
paseo o en el teatro, sangran a sus galanes con peticiones de pasteles,
empanadas, ciruelas de Génova y jarabes que pregonan vendedores ambulantes
El vino se considera un alimento básico, del que se consume
una media de cuarto de litro al día por persona, aunque los pobres suelen beber
el aguapié (sucedáneo resultante de regar con agua el orujo del vino y
exprimirlo nuevamente).
Al madrileño le encantan las bebidas exóticas. La más
popular es la aloja, agua con miel y especias (clavo, jengibre, pimienta, nuez
moscada) que suele acompañarse con barquillos y galletas. También gusta el
hipocrás, un compuesto de vino, azúcar, canela, ámbar y almizcle (a veces
incluso con pimienta y clavo) que fabrican confiteros, buñoleros y hasta los
tintoreros. Los menos pudientes toman garnacha, un sucedáneo del hipocrás que
supuestamente se hace con vino, azúcar, canela, pimienta y especias, pero la
verdad es que se presta tanto a las adulteraciones que al final la autoridad la
prohibirá. Hay además agua de canela, invención del francés Jean Baillaque,
y diversas aguas refrescantes que se adquieren en tiendas o en el paseo:
limonada, agua de guinda, agua de cebada.
EL TEATRO
El teatro es la pasión de los madrileños. El programa
cambia cada semana. A la hora de la función, a media tarde, los artesanos
cierran la tienda, se visten de caballeros, espada al cinto, sombrero calado, y
van al teatro a encontrarse con los amigos y a ojear a las amigas.
Los hombres se sitúan en el patio: los comerciantes
pudientes delante del escenario, en bancos de madera, los menos pudientes
(llamados mosqueteros) detrás de ellos, de pie.
Las autoridades y las mujeres se acomodan en la cazuela, una
especie de gran palco situado sobre la puerta de entrada. Los nobles y los ricos
alquilan para sus familias los aposentos, en las fachadas laterales. Un aposento
vale doce reales, mientras que la entrada de un mosquetero sólo un real, o
menos.
Hay vendedores ambulantes de aloja, lima y tablillas (pastas
de harina, huevo y canela)
El teatro más antiguo de Madrid, en la plaza de santa Ana,
es el corral de la Pacheca (1583) que, en tiempos de Alatriste, cuando triunfaba
en él Lope de Vega, se llamaba Corral del Príncipe y hoy, reedificado en el
siglo XIX, se llama Teatro Español.
El escenario está situado frente a la puerta de entrada,
sobre un tablado; los vestuarios y los corredores con las tramoyas están
detrás. Además de actores tan famosos como Juan Rana o La Calderona (amante
del rey y de Alatriste en la quinta entrega de la serie), el corral dispone de
hábiles tramoyistas capaces de cambiar el escenario en un santiamén fingiendo
tormentas, mares, desiertos y toda clase de trucos y efectos especiales, cuya
importancia, en el conjunto del espectáculo, crece de día en día: ascensos al
cielo, rocas que se abren, paisajes en perspectiva, ríos, mares, fieras... Los
actores entran y salen por los escotillones, orificios practicados en el
tablado.
Cuando la obra gusta, los espectadores aplauden. A veces el
entusiasmo es fingido porque los autores sobornan a algunos mosqueteros para que
aplaudan.
Si la obra decepciona, los mosqueteros prorrumpen en pateos o
silbidos y arrojan a los actores huevos, frutas o verduras en mal estado e
incluso edificio (es decir) cascotes de yeso. A veces la bronca resulta más
teatral que la propia representación. Existen camorristas profesionales
contratados para hundir las obras de ciertos autores.
La gente del teatro se reúne en el mentidero de
Representantes, en un ensanchamiento empedrado en la confluencia de la calle del
León con las de Cantarranas y Francos.
CÁRCEL REAL
En la plaza de la Provincia encontramos el palacio de Santa
Cruz, un sólido y bello edificio de piedra y ladrillo en el que se alojó
Alatriste cuando era cárcel de la corte, y albergaba, a un tiempo, los juzgados
y la prisión. En esta plaza de la Cárcel tenían sus covachuelas muchos
letrados, leguleyos y procuradores que pescaban ganancia, a pie de obra, como en
almadraba, en aquellos tiempos en que se compraba y se sobornaba y el cohecho
circulaba como la calderilla: "Ya sabe voacé -nos recuerda Alatriste- que
en España no hay más justicia que la que uno compra".
El corazón de Madrid era su Plaza Mayor, cuyas losas
recorrían en plácido paseo Alatriste y su amigo el alguacil Saldaña. Hacía
pocos años que se había inaugurado (1620, con la beatificación de san Isidro
Labrador): "la plaza con sus casas altas entejadas de rombos de plomo y
reluciendo al sol los hierros dorados de la Panadería, hervía de regatonas,
esportilleros y público que deambulaba entre carros y cajones de fruta y
verdura, redes para proteger el pan de los ladrones, toneles de vino, tenderos a
la puerta de sus comercios y puestos ambulantes bajo los arcos".
En las ocasiones señaladas, la Plaza Mayor se convierte en
el gran teatro de la monarquía, el escaparate de su grandeza y de sus
obsesiones. Los vecinos están obligados a ceder balcones a autoridades y
barandas designados por los alcaldes cuando se celebran los Autos de Fe, las
ceremonias penitenciales de la Inquisición, fastuosas escenografías barrocas a
mitad de camino entre acto religioso y jurídico, en las que se decide la suerte
de los reos. También se celebran las corridas de toros, todavía no
profesionales, más rejoneo que otra cosa, con aristócratas luciendo caballo,
músculo y arrojo.
Más allá de la Plaza Mayor y del arco de Cuchilleros, por
la Cava Baja, se suceden calles y callejas del barrio de Alatriste, del
boticario Fadrique y Juan Vicuña. Por la calle de Toledo, suben los carros de
viandas al mercado de san Miguel.
Alatriste vive en la calle del Arcabuz (hoy Bruno) cerca de
la taberna del Turco donde tiene abiertas taberna, posada y voluntad Caridad la
Lebrijana, su amiga y amante.
Por estas callejas, el visitante llega a la Plaza de la Villa
quizá el más bello conjunto del Madrid de los Austrias. De un lado, el
ayuntamiento, ladrillo, granito y piedra blanca; del otro, la casa y torre de
los Lujanes, el edificio más antiguo de Madrid, del siglo XV, y la plateresca
casa de Cisneros, del XVI, que fue residencia del general Narváez, el más
firme sostén de la reina Isabel II, aquel espadón que, en su lecho de muerte,
al ser amonestado por el confesor para que perdonara a sus enemigos, alzó una
ceja, abrió un ojo y le espetó: "¿Enemigos dice, padre?: ¡Yo no tengo
enemigos, los he fusilado a todos!" Respuesta de un bravo que no hubiera
desentonado en el entorno de Alatriste, cuyo fantasma madrileño nos acompaña
en este paseo.
Juan Eslava Galán Publicado
por El País Semanal y Alfaguara |