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Hoy es 21 de Marzo, y camino con
cierto regusto amargo en la boca hacia las Bodegas González-Byass.
Sé muy bien que la cita de hoy no puede ser como siempre, y aunque a
Arturo le caracteriza su mirada fría y cruda del mundo, toca pensar,
remover los cimientos más interiores con esta novela, y desvelarlo a
pinceladas breves y cortas a un público atento que salía de la sala
con tremendas ganas de coger el libro y nadar en él. Yo misma iba
por la página 205 y anoche volví a casa sedienta de él, más si cabe,
y lo tomé como lo fui tomando desde su primera página, como Rafael
de Cózar dijo, a sorbos lentos, pero con avidez. A sorbos lentos
para comprender o asimilar lo que uno mismo no quiere a veces
reconocer, con avidez porque así lo requiere cualquier novela de
Arturo.

Todas las sillas de la Bodega de
Los Apóstoles fueron ocupadas. Otros permanecían de pie. Bastantes
reporteros gráficos cubriendo el evento. Frente a los inmensos
toneles centrales se situaba una tarima sobre la que se podía ver un
affiche con la carátula de la novela a la derecha, a la izquierda,
el cuadro de Brueghel el Viejo "El triunfo de la muerte" y en el centro,
tres sillas y una mesa sobre la que descansaban algunos vasos y catavinos.
Unos diez minutos más tarde de la cita aparecían entre aplausos los
organizadores junto a los protagonistas de la noche. Una sala
abarrotada a la que no faltaban ni autoridades locales, ni políticos,
ni
amigos.
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Arturo Pérez-Reverte,
elegante, apuesto, delgado, ojos cansados, vestía camisa a cuadros celeste
cerrada hasta el penúltimo botón, chaqueta azul,, pantalón
vaquero, barba y manos bien
cuidadas, con ese aire entre tímido y valiente, caminaba entre
sus amigos inseparables, el conocido escritor Juan Eslava Galán y
el profesor y poeta Fito Cózar.
Los tres
tenían muy claro que la conversación esta vez no podía discurrir
por derroteros amables y blandos. El libro es una declaración de
pensamiento y vivencia madurado que nos remite al eterno
principio y que nos obliga a plantearnos las claves de la vida y
el comportamiento humano. Hasta el punto de tener que confesar
que no somos más que lo que somos desde hace más de 3000 años
sin que haya cambiado un ápice la existencia. ¿De qué nos
asombramos? (preguntaba Reverte).
"el espanto es frío y nadie es
inocente" |
Y haciendo un repaso por distintas guerras desde Troya
a
las torres gemelas o los desastres naturales del Tsunami (por situar
hoteles a pie de playa) culpaba al propio ser humano de su locura y
de su afán de poder, o la misma naturaleza que es fría; "El universo
es muy cabrón" decía, "mata fríamente". Por eso
confesaba
que para él había supuesto un verdadero problema moral escribir
este libro, “ya que me pregunto hasta qué punto debemos tener
compasión" si todos somos culpables. Y la historia
se repite.
El triunfo de la muerte de Brueghel
el viejo.

El recorrido pictórico, la
situación de este, no es más que una (soberbia) excusa para analizar
lo anteriormente dicho. Él - dijo- había estado al fondo del cuadro,
en el incendio, y eso le permitía entender bien el primer plano, el
porqué. Como el propio Arturo decía, lo mismo podría haber sido
planteado o contado desde otro fondo, un hospital, una mujer
maltratada, etc... el resultado habría sido el mismo, sin embargo en
esta ocasión lo hace a través del ojo de un antiguo fotógrafo de
guerra cargado del bagage de incalculable valor de la experiencia
del propio escritor. Un libro para nada "gore" (sic) o macabro, muy
al contrario, desde las mismas pinceladas del cuadro de guerra de
guerras que nace de la obra, en flashback, el autor nos lleva a las
vivencias que este tuvo en las distintas guerras que leyó o vivió
(sin que llegue a ser una biografía afirma el autor), sin necesidad
de mostrar el lado sangriento de las mismas, más bien desentrañando
las tripas de la conciencia misma, que a veces dibuja más duro y
frío que un balazo o un machetazo.

El libro, continuaron explicando, nos envuelve en una
sencilla trama donde un hombre del pasado, un antiguo soldado croata
busca al fotógrafo para pedirle cuentas por haberle destrozado la
vida con una de sus fotografías. Lo amenaza de muerte y entre ellos
se establece una extraña relación de conversaciones que nos llevan
por ese recorrer pictórico desde hace más de 3000 años a nuestros
días. Un cuadro de guerra de guerras que el protagonista de la novela está
pintando en un torreón de una playa onubense.
La tensión está
garantizada, a pesar de la supuesta sencillez de la trama que se
sustenta en pocos pilares, uno no sabe qué sucederá y uno necesita
continuar leyendo, y pensar, y vomitar fantasmas, y continuar. La enmarañada trama nos empuja a pensar continuamente como se
solventará la situación. La historia nos seduce, nos envuelve de
planteamiento vital.
Por otro lado, la mujer, Ella, no
podía faltar en la obra de Reverte. Olvido Ferrara, (sin la que la novela decía
él mismo, no tendría sentido), la historia de amor, tal y como
mencionó Rafael de Cózar, más hermosa y profunda jamás contada por
el autor. Arturo nos llegó incluso a deleitar con una de las escenas
que dijo, disfrutó mucho escribiendo. El desnudo de Olvido cerca del
marco de la ventana observando el incendio de la ciudad. "Estoy
tomando un baño de fuego, como otros toman baños de sol"... Faulkes
se acercó a ella y la abrazó y notó que su piel era fría y sintió la
frialdad de la guerra, del mundo a través de su piel.
| Juan Eslava aseguraba que se
trataba de una novela distinta a las escritas por Arturo hasta
esos días, incluso, se atrevieron a afirmar que se trataba de la
mejor.
Una novela que exige una lectura y relectura
dada su profundidad. Y de la que tuvieron que releer el final
unas veinte veces. |
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Fue una charla distendida entre
tres amigos, aunque con ese toque amargo que posee el libro. Una
presentación distinta, como la propia novela. Que exigía un
planteamiento y enfoque bastante menos relajado que otras
obras publicadas por el autor.
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Conclusión: Arturo
Pérez-Reverte
"El universo es muy cabrón, mata fríamente, tiene unas reglas
inmutables y frías. Pienso que el horror es frío." "La
primera sensación de horror que recuerdo fue cuando me dijeron que
besara a mi abuelo. Mi abuelo estaba muerto, pero no fue su muerte
lo que me espantó, sino el contacto de mis labios con su rostro
frío." "Pero no nos sintamos inocentes, el
horror no es tripas ni gore, el horror somos nosotros".
"El soldado serbio que viola a una joven
croata también eres tú. El horror está en la sonrisa de un niño de
cinco años que dentro de unos años se convertirá en el verdugo de
aquellos que violaron a su madre".
"Formamos parte de ello. No vale decir yo soy
pacífico y no tengo nada que ver con ello porque sí tienes que ver
con ello". "Yo he ido
a guerras y no he matado a nadie, pero he sentido remordimientos.
Ante esa certeza, he escrito esta novela"
Gracias a los tres una vez más.
Teresa Domínguez |